La hoja en blanco frente al escritor es como la muerte frente a la vida. Al menos, para algunos escritores. La dificultad que me produce escribir es comparable a muy pocas cosas. Y, sin embargo, persisto en el intento. Percibo una cierta atracción masoquista en ello. Quiero; deseo escribir. Escribir, a secas. ¿Sobre qué? No importa. Sobre cualquier cosa. Nada es lo suficientemente irrelevante como para no escribir sobre ello. Todo tiene su importancia y, lo que es mejor, cualquier asunto puede cristalizar en un gran texto si se hace de manera adecuada. ¿De manera adecuada? Me diréis. ¿Y qué demonios significa eso? Básicamente, viene a ser un termino con el que aglomerar los conceptos tales como los de originalidad, creatividad, oficio, honestidad y motivación. Y no es en otro lugar sino ahí donde radica la clave del asunto.
Anoche tuve la oportunidad de ver Barton Fink (1991), genial película dirigida por los hermanos Coen en la que John Turturro da vida a un prestigioso escritor de obras teatrales en Broadway que decide dar el salto al cine, comenzando a trabajar para una modesta productora de películas de serie B en el Hollywood de los años cuarenta. El escritor se verá desde ese momento, con traslado de ciudad incluido, atrapado en un ambiente hostil, opresivo y ajeno que le conducirá a un profundo bloqueo creativo y desencadenará en su persona un lento proceso de desmoronamiento y autodestrucción a través del cual se replanteará sus motivaciones y creencias en lo que a su oficio se refiere. Un argumento atractivo que, en virtud de una dirección sobresaliente y de unas interpretaciones absorbentes, se transforma en una obra de gran calado argumental y enorme poder visual.
Resulta especialmente llamativo en este sentido presenciar el lento proceso de pérdida creativa en que Barton Fink se ve envuelto desde su abandono de NYC y el mundo del teatro, hasta su establecimiento en Los Ángeles y su entrada en el universo del cine de serie B. El choque a nivel formal se verá potenciado por el contexto, lleno de presiones y falsedad, y por una serie de encuentros y experiencias con pintorescos personajes secundarios. Fink, acostumbrado a hacer de la escritura un proceso a través del cual poner el arte al servicio del gran público, centrándose siempre en la clase media trabajadora y en sus dramas y problemas cotidianos, verá cómo el mundo del cine le obliga a transitar otros caminos, más comerciales, superficiales y tópicos, que le producen un colapso mental severo. El hecho de conocer a otro compañero de profesión, admirado y respetado, no le lleva sino a un padecimiento aún mayor cuando descubre que no solo es un farsante que ni ha escrito algunos de sus más celebrados textos, sino que es un condenado borracho decidido a destruirse a sí mismo y a llevarse por delante a su piadosa mujer si así tiene que ser.
Sintiéndose fallado por el gremio de los escritores, el del cine no le dará más que nuevas desilusiones. Mientras el director del estudio le venera y le agasaja como a una estrella mediática esperando conseguir de él un guión convencional, pero valioso por estar escrito precisamente por un relevante autor teatral, su productor le ignora abiertamente y no hace sino someterle a una presión cada vez más fuerte, insistiéndole en que no tiene que hacer arte, sino simple y llanamente un entretenimiento moralista sencillo y superficial.
El colapso definitivo llegará cuando Fink se vea asaltado por unos detectives de Los Ángeles que andan tras la pista de un maníaco asesino que se dedica a decapitar a sus víctimas y que, para sorpresa del escritor, es un afable y aparentemente inofensivo vecino del hotel con el que había entablado amistad. El desmoronamiento total de los tres pilares sobre los que Fink se estaba sosteniendo, a duras penas, pero a flote al fin y al cabo, le conducirán a un salto al vacío y a lo más hondo de sus convicciones como escritor, hacia aquello en lo que verdaderamente cree. Y como él mismo dice, no se trata de una tarea fácil.
Es un proceso en el que uno debe sumergirse en su propia mente y, sin mapas ni mayor ayuda que uno mismo, sacar a flote aquello que a más profundidad se encuentra, dándole forma y presentándolo con claridad. Un proceso que nada tiene de bonito ni de inofensivo, sino que provoca dolor y crispación emocional y que, a menos que se haga dejándose uno la piel en el camino, carece de cualquier relevancia. La clave está, pues, en el desgaste. En el vaciamiento emocional. No se puede transmitir profundidad y autenticidad si uno no se radiografía a sí mismo y se abre camino a través de su ser para comprender la esencia de la naturaleza humana y del mundo en el que vivimos. Pero el precio es demasiado alto, y los resultados, muchas veces, fallidos. Sumergirse a determinadas profundidades provoca perder con facilidad la perspectiva. Así, muchas veces queriendo perseguir un noble fin, la exteriorización de determinados conceptos e ideas se corrompen por el camino y terminan por no significar más que la sombra de lo que en algún momento fueron o pudieron ser.
La eterna dicotomía del arte de la escritura se mueve tradicionalmente entre aquellos autores que han sabido adaptarse plenamente a este universo particular, pudiendo escribir y redactar textos con facilidad, coherencia y profusión, y el de aquellos que no solo no son capaces de encontrar la forma de acceder a ese lugar común del que extraer toda la verdad y conocimiento que quieren comunicar, sino que sufren un daño emocional en el proceso que les dificulta sobremanera la ineludible tarea de la redacción. Un gran problema. Pero el verdadero problema es, aun con todas las dificultades, querer escribir. ¿De dónde surge esa extraña necesidad?
¿Por qué escribir?
Diario de un escritor malogrado
lunes, 25 de junio de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
De cómo una leve cojera me abrió (un poquito) los ojos
Hace apenas unas semanas, comencé a sentir unos incómodos
dolores en la parte anterior de la rodilla izquierda. Podía caminar sin
problemas, pero creí oportuno dejar de salir a correr, al menos hasta que se me
pasara. Pasaron dos días, ya sin hacer ningún tipo de ejercicio
"extra", pero el dolor se iba haciendo cada vez más intenso. Terminé yendo
al fisio. Me dijo que tenía los gemelos muy sobrecargados y una leve
inflamación de los isquiotibiales. Por supuesto, y como casi siempre, no fue
nada espectacular. No sufrí ninguna caída terrible, ni ningún aparatoso
accidente, ni nada realmente reseñable. Simplemente alcancé el límite de
esfuerzo de estos músculos. Y estiraba mal. (Estirad bien, lectores. Es importante para liberar la tensión acumulada tras el ejercicio.)
La cuestión es que (sí, ya llego), como consecuencia directa
del intenso dolor que sentía en una de las piernas, sufrí una visible cojera
durante un par de días. No por nada, sino básicamente porque para evitar ver
las estrellas cada vez que apoyaba mi pierna mala, decidía moverme con mucho
cuidado, con movimientos artificiosos y, sobre todo, despacio. Muy despacio. Y
reflexioné.
El primer pensamiento, no por evidente, deja de tener su
miga: el ritmo de vida urbano es absolutamente antinatural. Las prisas son un
fenómeno tan instaurado en nuestras vidas que pocas veces nos paramos a pensar
sobre ellas. ¿Por qué tenemos tanta prisa? ¿Qué es aquello que nos hace ir de
un lugar para otro a toda velocidad? Que nos estresa, nos pone de mala leche y
nos conduce a sentirnos siempre con la sensación de "llegar tarde"...
No puedo hablar de otra vida pues no la conozco, pero sí es cierto que la rutina
en una gran ciudad está marcada, indefectiblemente, por las prisas. Y sufrirlas
parece algo tan forzoso como el hecho de tener que respirar para sobrevivir o ver
al Atleti perder contra el Madrid cada vez que se enfrentan. Es algo que lo
llevamos tan incorporado en nuestros genes urbanitas, que no nos paramos a
pensar sobre ello. De hecho, es difícil establecer su origen.
Pero lo cierto es que, ya sea cogiendo el transporte público
(metro, autobús, tren...) o el coche particular, los trayectos nunca duran lo
que planificamos. O sí. Pero tendemos a planificar nuestras vidas tan al
límite, que lo normal es, con prisas, llegar justo o tarde. La pregunta de fondo
es: ¿por qué vivimos tan al límite en este sentido? ¿Qué nos impide salir antes
de casa, planificar mejor el día a día? Respuesta: la vida. Sí, es una
respuesta/pregunta cíclica. El pez que se muerde la cola...
De lo que me percaté ante la imposición de tener que andar
muy despacio es de que el mundo vive en un constante estado de crispación y a
un ritmo incompatible con la propia vida. Cuando uno va con (excesiva) calma a
través de los enormes túneles y pasillos del metro, de estación en
estación, en interminables trasbordos, es capaz de ver a su alrededor un
microcosmos tan irreal como turbador. Y uno puede llegar a sentirse totalmente fuera
del sistema. Adelantado por ambos lados, cruzándose con todo tipo de personas
con caras de preocupación, irritación o indiferencia. No fui capaz de encontrar
a nadie, repito: NADIE, que se desplazara a un ritmo no ya lento, sino pausado
y/o tranquilo. Resulta tan contagioso ver a todo el mundo correr, sentir que el
tiempo vuela y que si no corres te quedarás atrás, que muchas veces nos
sentimos incómodos simplemente por el hecho de no correr. Parece que estamos
haciendo algo mal si no estamos corriendo. Tenemos las prisas tan
interiorizadas que no somos capaces de ver más allá de ellas a menos que nos
obliguen.
Soy el primero que va habitualmente a un ritmo ligero. Me
pongo mi música, subo el volumen, y me olvido del mundo. Voy a toda leche de un
metro a otro, por la calle, rozando por momentos el trote... Y todo, ¿para qué?
Para llegar invariablemente tarde (o a tiempo, en el mejor de los casos). ¿De
dónde proviene ese estado de nerviosismo general? Lo que sí puedo asegurar es
que, yendo con prisas, con la hora al cuello, no se siente la necesidad de
reflexionar. Sí, pienso, lógicamente: planifico tareas, intercambio mensajes
con mis amigos, leo, etc. Pero no reflexiono sobre grandes cuestiones. Y no digo ya reflexionar... No valoro lo que
tengo. No pienso en la realidad que me rodea, en mis circunstancias en cuanto a
ser humano con unas necesidades intelectuales y emocionales concretas. Es como
si el estado de ir de un lado a otro corriendo, mantuviera la mente en un punto
de automatización útil para esos intereses concretos, pero desprovisto de
sentido más allá de esos objetivos. Estamos, por así decirlo, no viviendo. O
viviendo solamente una parte del todo.
Las prisas reducen nuestra percepción de la realidad. A
decir verdad, es una gran virtud cuando "realmente" se va con prisas.
El problema es que hemos basado nuestras vidas en las prisas, y estamos gran
parte de ellas yendo de un lado para otro con la hora pisándonos los talones.
¿Merece la pena? ¿Puede solucionarse? Que cada cual reflexione sobre ello y se
conteste a sí mismo. Tal y como se dice,
en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Pero, ¿y en el país de las prisas?
El impacto que me causó esta comprobación fue importante. Me
veía, por un lado, superado por la realidad, pero al mismo tiempo, por así decirlo,
liberado de sus cadenas de control. Era una sensación distinta (no me atrevería
a calificarla ni de buena ni de mala), y como tal, merecedora de toda mi atención.
No abogo por que vayamos todos arrastrándonos por el suelo para contemplar el
paisaje y cada palmo de terreno, pero me parece interesante reflexionar sobre
el hecho en concreto de hacia qué nos conduce el frenetismo de la sociedad
actual. Un frenetismo innecesario en la mayor parte de las ocasiones, pero que gracias
a la fuerza de la repetición se ha transformado más en una costumbre que en
otra cosa. Y no defiendo tampoco que uno piense sobre el futuro de la raza
humana o sobre la utilidad de las religiones mientras va en el metro. O sí.
Simplemente pretendo realzar una situación que, pese a tenerla diariamente en nuestras
narices, tiende a pasarnos inevitablemente desapercibida. Propongo
no ignorar la situación. Ejercer un mayor control sobre nosotros mismos. Dejar
de ser esclavos de las prisas, porque solo de ese modo podremos intentar
controlar en mayor grado nuestra vida, comenzando por nuestra mente. Suena a
algo muy ambicioso, ¿no? Se trata simplemente de tomar verdadera consideración
del mortecino estado de anestesia al que nos conduce entrar en un juego que ni
nos va ni nos viene, pero que por norma repetimos y que, parece, disfrutamos en
el fondo. Un círculo vicioso que no nos conduce a nada más que a vivir
perennemente en un continuo viaje sin destino definido. Un carrera hacia ningún
sitio que solamente nos aleja de un lugar. Solo uno, pero muy importante:
nosotros mismos.
viernes, 17 de junio de 2011
El oscuro futuro de la especie humana
Como ya es costumbre, llevo de nuevo dos meses sin publicar entrada alguna. No es que tenga muchas cosas que contar. Bueno, miento: lo cierto es que sí. Realmente podría estar días escribiendo sobre alguno de los múltiples temas que me apasionan y quitan el sueño a partes iguales, pero siento que serían de tan nulo interés para el resto de los mortales, tan sumamente generadores de indiferencia, que prefiero ahorrarle ese sufrimiento a la ya de por sí sufrida sociedad de nuestros días. Simplemente aprovecharé la ocasión para comentar un par de cuestiones que desde hace tiempo me dan que pensar.
No soy demasiado optimista de cara a nuestro futuro como especie (afortunadamente, es evidente que esparcidas por el universo, seguro que incluso en nuestro propia galaxia, hay y habrá -y hubo- otras muchas especies inteligentes con más suerte que nosotros -y, qué duda cabe, muchas otras con menos fortuna-). Siento cómo en pleno año 2011 estamos empezando a coger lentamente el sendero que irreversiblemente nos conducirá al abismo final. Según parece, el número actual de personas sobre la faz de la Tierra es de aproximadamente 6.900 millones. Esta cifra aumenta cada año en torno a 77 millones (cifra que se obtiene restando las defunciones a los nacimientos). El cálculo de los nacimientos por día resulta escalofriante (ante el cual, poco menos que el de los fallecimientos queda en un mero juego de manos...). Simplemente, diré que es una cifra aterradora.
Igualmente, me resulta inquietante el absoluto y total retraso que la carrera espacial (investigación espacial, podríamos decir hoy en día) lleva. Lejos quedan los felices años sesenta y setenta, donde parecía que el futuro de la humanidad iba a estar en las estrellas. En verdad, allí es donde se encuentra nuestro único futuro si queremos seguir manteniendo el imposible ritmo de crecimiento exponencial que llevamos. Hace tiempo leí una interesante comparativa que venía a decir que si todo el mundo llevara el ritmo de vida de un país como EE.UU., harían falta cuatro planetas Tierra para poder asumirlo. La comparativa tiene ya unos años.
El futuro está en salir de nuestro planeta. No en abandonarlo, sino en la expansión interplanetaria. La Luna y Marte son los únicos destinos posbiles a corto-medio plazo (y no es que sean demasiado grandes... Pero son un paso previo y necesario para poder aspirar a cotas mayores). No estaría de más, creo, invertir más en investigaciones aeroespaciales. Sorprendentemente, cuentan con una asombrosa mala prensa entre la sociedad en general. No puedo entenderlo. Enseguida, en cuanto se habla de las mareantes cifras dedicadas al desarrollo de la tecnología espacial, surge el típico listo demagogo que hay en todos los sitios inquiriendo con su a todas luces falta de perspectiva sobre la inutilidad de ese dinero, abogando por emplearlo en erradicar el hambre en el mundo. Soy muy crítico al respecto. Incluso ante un argumento tan aparentemente lógico como éste, no puedo menos que mostrar mi total desaprobación. Pero resulta tan simple decirlo; se le llena a la gente la boca con tan elevados conceptos demasiado fácilmente... Voy a recordar algo que dije: si todos los seres humanos del planeta vivieran como los americanos, harían falta cuatro Tierras. Erradicar el hambre en el mundo, manteniendo intacta la población actual, sería insostenible. Hace falta un cambio de modelo estructural global. El dinero invertido en el desarrollo científico y en la tecnología derivada del mismo es posiblemente la mejor inversión de cuantas se puedan realizar. Necesitamos conocer la realidad.
Necesitamos saber si vivimos en un mundo con 10 dimensiones; tenemos la imperiosa necesidad de conocer qué cojones es la materia oscura; ¿por qué la parte visible del universo se reduce a sólo al 5% de la totalidad?; ¿qué mierdas es esa energía oscura (72%) y esa materia oscura (23%) que lo impregna todo? Cada vez sabemos menos de cuanto nos rodea. Es como si con la revolución científica hubiésemos iniciado un camino imparable hacia el desconocimiento que el conocimiento provoca. Cuanto más sabemos, más ignoramos. Tan frustante es la realidad... Alguien dijo que la ignorancia da la felicidad. Creo que es una aseveración con la que cada vez estoy más de acuerdo y, sin embargo, cual inepto masoca que soy, prefiero saber, prefiero intentar conocer.
Es necesario un control de la natalidad mundial. No podemos seguir creciendo como especie hasta el infinito porque el espacio del que disponemos es mortalmente finito. Estamos atrapados en la Tierra. Hemos de empezar a aceptarlo. Parece que cuesta demasiado tener una perspectiva más o menos global de la realidad, pero es fundamental de cara a afrontar una serie de problemas que más pronto que tarde se nos van a echar encima.
No se me malinterprete, por favor. No quiero banalizar un tema tan grave como es la muerte de muchas personas. Pero sirva como muestra del problema al que nos enfrentamos este dato: en el año 2004, el fatídico tsunami que arrasó Indonesia dejó, según datos de la ONU, 229.866 pérdidas humanas. Una catástrofe prácticamente sin precedentes en la historia moderna. Cada día, repito, CADA DÍA, se suman en torno a 210.000 personas (en esta cifra ya se han restado los fallecimientos a los nacimientos diarios) a la población mundial. Estamos ante un grave problema de control poblacional que ha de corregirse de algún modo.
El desarrollo científico no puede coartarse de modo alguno. Es una de las pocas cosas sensatas y verdaderamente relevantes que nuestra especie ha conseguido. Me parecen interesantes todas las argumentaciones que se hagan al respecto, de hecho, desearía que la gente hablará más de este tema, aunque fuera para refutar todo lo que acabo de decir, pero por favor: ¿por qué no se habla de nada de esto? No estoy hablando de algo que vaya a suceder dentro de miles de años, ni siquiera es el futuro próximo: es la realidad más real que puede existir. Y no es para nada halagüeña.
En fin: son sólo algunas de las reflexiones (seguramente sin fundamento y altamente alarmistas) que de vez en cuando me dan vueltas por la cabeza. A ver si el próximo día elaboro alguna entrada algo más amable que ésta. Me he quedado con ganas de hablar sobre vida extraterrestre y de comentar las múltiples teorías científicas que postulan la obviedad de la existencia de ésta. Ojalá nos fuera más fácil hacernos a la idea de la absolutamente colosal inmensidad del universo. Nuestros débiles intelectos aún no son capaces de hacerse, siquiera remotamente, una vaga idea de la grandeza del cosmos. Que, ojo, para nada es infinito. De hecho, se ha comentado en alguna ocasión (no sé con qué grado de certeza) que existen en torno a 10 elevado a 80 partículas elementales (protones, neutrones y electrones) en todo el cosmos. Parece poco, ¿no? Escribe la cifra en una hoja de papel, si te atreves...
No soy demasiado optimista de cara a nuestro futuro como especie (afortunadamente, es evidente que esparcidas por el universo, seguro que incluso en nuestro propia galaxia, hay y habrá -y hubo- otras muchas especies inteligentes con más suerte que nosotros -y, qué duda cabe, muchas otras con menos fortuna-). Siento cómo en pleno año 2011 estamos empezando a coger lentamente el sendero que irreversiblemente nos conducirá al abismo final. Según parece, el número actual de personas sobre la faz de la Tierra es de aproximadamente 6.900 millones. Esta cifra aumenta cada año en torno a 77 millones (cifra que se obtiene restando las defunciones a los nacimientos). El cálculo de los nacimientos por día resulta escalofriante (ante el cual, poco menos que el de los fallecimientos queda en un mero juego de manos...). Simplemente, diré que es una cifra aterradora.
Igualmente, me resulta inquietante el absoluto y total retraso que la carrera espacial (investigación espacial, podríamos decir hoy en día) lleva. Lejos quedan los felices años sesenta y setenta, donde parecía que el futuro de la humanidad iba a estar en las estrellas. En verdad, allí es donde se encuentra nuestro único futuro si queremos seguir manteniendo el imposible ritmo de crecimiento exponencial que llevamos. Hace tiempo leí una interesante comparativa que venía a decir que si todo el mundo llevara el ritmo de vida de un país como EE.UU., harían falta cuatro planetas Tierra para poder asumirlo. La comparativa tiene ya unos años.
El futuro está en salir de nuestro planeta. No en abandonarlo, sino en la expansión interplanetaria. La Luna y Marte son los únicos destinos posbiles a corto-medio plazo (y no es que sean demasiado grandes... Pero son un paso previo y necesario para poder aspirar a cotas mayores). No estaría de más, creo, invertir más en investigaciones aeroespaciales. Sorprendentemente, cuentan con una asombrosa mala prensa entre la sociedad en general. No puedo entenderlo. Enseguida, en cuanto se habla de las mareantes cifras dedicadas al desarrollo de la tecnología espacial, surge el típico listo demagogo que hay en todos los sitios inquiriendo con su a todas luces falta de perspectiva sobre la inutilidad de ese dinero, abogando por emplearlo en erradicar el hambre en el mundo. Soy muy crítico al respecto. Incluso ante un argumento tan aparentemente lógico como éste, no puedo menos que mostrar mi total desaprobación. Pero resulta tan simple decirlo; se le llena a la gente la boca con tan elevados conceptos demasiado fácilmente... Voy a recordar algo que dije: si todos los seres humanos del planeta vivieran como los americanos, harían falta cuatro Tierras. Erradicar el hambre en el mundo, manteniendo intacta la población actual, sería insostenible. Hace falta un cambio de modelo estructural global. El dinero invertido en el desarrollo científico y en la tecnología derivada del mismo es posiblemente la mejor inversión de cuantas se puedan realizar. Necesitamos conocer la realidad.
Necesitamos saber si vivimos en un mundo con 10 dimensiones; tenemos la imperiosa necesidad de conocer qué cojones es la materia oscura; ¿por qué la parte visible del universo se reduce a sólo al 5% de la totalidad?; ¿qué mierdas es esa energía oscura (72%) y esa materia oscura (23%) que lo impregna todo? Cada vez sabemos menos de cuanto nos rodea. Es como si con la revolución científica hubiésemos iniciado un camino imparable hacia el desconocimiento que el conocimiento provoca. Cuanto más sabemos, más ignoramos. Tan frustante es la realidad... Alguien dijo que la ignorancia da la felicidad. Creo que es una aseveración con la que cada vez estoy más de acuerdo y, sin embargo, cual inepto masoca que soy, prefiero saber, prefiero intentar conocer.
Es necesario un control de la natalidad mundial. No podemos seguir creciendo como especie hasta el infinito porque el espacio del que disponemos es mortalmente finito. Estamos atrapados en la Tierra. Hemos de empezar a aceptarlo. Parece que cuesta demasiado tener una perspectiva más o menos global de la realidad, pero es fundamental de cara a afrontar una serie de problemas que más pronto que tarde se nos van a echar encima.
No se me malinterprete, por favor. No quiero banalizar un tema tan grave como es la muerte de muchas personas. Pero sirva como muestra del problema al que nos enfrentamos este dato: en el año 2004, el fatídico tsunami que arrasó Indonesia dejó, según datos de la ONU, 229.866 pérdidas humanas. Una catástrofe prácticamente sin precedentes en la historia moderna. Cada día, repito, CADA DÍA, se suman en torno a 210.000 personas (en esta cifra ya se han restado los fallecimientos a los nacimientos diarios) a la población mundial. Estamos ante un grave problema de control poblacional que ha de corregirse de algún modo.
El desarrollo científico no puede coartarse de modo alguno. Es una de las pocas cosas sensatas y verdaderamente relevantes que nuestra especie ha conseguido. Me parecen interesantes todas las argumentaciones que se hagan al respecto, de hecho, desearía que la gente hablará más de este tema, aunque fuera para refutar todo lo que acabo de decir, pero por favor: ¿por qué no se habla de nada de esto? No estoy hablando de algo que vaya a suceder dentro de miles de años, ni siquiera es el futuro próximo: es la realidad más real que puede existir. Y no es para nada halagüeña.
En fin: son sólo algunas de las reflexiones (seguramente sin fundamento y altamente alarmistas) que de vez en cuando me dan vueltas por la cabeza. A ver si el próximo día elaboro alguna entrada algo más amable que ésta. Me he quedado con ganas de hablar sobre vida extraterrestre y de comentar las múltiples teorías científicas que postulan la obviedad de la existencia de ésta. Ojalá nos fuera más fácil hacernos a la idea de la absolutamente colosal inmensidad del universo. Nuestros débiles intelectos aún no son capaces de hacerse, siquiera remotamente, una vaga idea de la grandeza del cosmos. Que, ojo, para nada es infinito. De hecho, se ha comentado en alguna ocasión (no sé con qué grado de certeza) que existen en torno a 10 elevado a 80 partículas elementales (protones, neutrones y electrones) en todo el cosmos. Parece poco, ¿no? Escribe la cifra en una hoja de papel, si te atreves...
viernes, 22 de abril de 2011
¿Series de TV? No, gracias...
Llevo más tiempo del deseable sin escribir nada por aquí. Y no por nada en particular: no estoy ni más ocupado, ni más agobiado que antes. Ni tampoco menos; pero así son las cosas... Aunque lo cierto es que no tengo gran cosa que contar. Podría divagar sobre cualquier asunto (que será lo que haga), pero no por el placer de desentrañar o contar algo que realmente merezca la pena, sino por el simple ejercicio de encadenar unas cuantas frases con más o menos sentido y entretenerme durante unos veinte minutos.
Dicho esto, creo que el panorama televisivo actual es bastante mediocre (así, como quien no quiere la cosa). Estoy harto de oír a la gran mayoría del mundo decirme lo entretenida que es tal serie, lo estupendísima que es tal otra, lo asombrosa que es aquella de allí... Y la única verdad que he podido constatar es que no soporto las series. Me escuecen sobre manera por la gran cantidad de tópicos y estereotipos baratos que manejan. Si ya de por sí me resulta complicado el hecho de dedicarle 45 minutos de mi vida a un capítulo de una serie (sobre todo cuando pienso que por el doble de tiempo podría ver una película, buena o mala, pero que por lo menos posee un principio y un final, aparte de contar y cerrar una historia), cuando encima lo que veo durante esos tres cuartos de hora me enerva, el resultado más normal es que deteste este tipo de (sub)productos.
No soporto cómo en todas las series los personajes son tan cool y tan guays. Todos son inteligentísimos, guapísimos o los putos amos, con vidas apasionantes y con trabajos divertidos y estimulantes. Me repugna presenciar semejante montaña de tópicos en las series. La mayoría de tramas y relaciones que se establecen entre los personajes son tan sumamente artificiosas y repetitivas que provocan náuseas en mi persona con demasiada facilidad. Constantes tira y afloja que se van desarrollando a lo largo de las interminables temporadas de 20 o más episodios. Un tedio mayúsculo que, por lo que veo, cuenta con legiones de fans por doquier. Fans que no sólo disfrutan estas historias superficiales y vacuas, sino que lo pasan aún mejor comentándolas con los amigos y los conocidos.
Siento que algo se me escapa, pero no soy capaz de identificarlo. Lo único que sé es que la realidad no es así. Esas series no reflejan nada más allá de una falsaria sociedad repugnante y deprimentemente utópica que provoca un supremo rechazo en mí. Siento odio por los personajes (repelentes, pijos, subnormales o chulos en el mejor de los casos), por las relaciones que se establecen entre ellos, por esa apariencia de trascendentalidad que lo impregna todo y que lo único que oculta es la mayor de las superficialidades posibles. ¿Dónde están los perdedores? ¿Los fracasados? Sí, suele haber alguno de vez en cuando entre esta y aquella serie: un personaje secundario suele ser, graciosillo además... Vergüenza es lo que siento ante el panorama televisivo actual. Harto estoy de oír a la gente decir que la TV ha superado al cine en cuanto a la calidad de sus productos. Cada vez que lo oigo, más allá de intentar discutirlo racionalmente, reacciono con una eficaz indiferencia: "yo no veo series", suelo decir. Y adiós muy buenas al tema. El cine actual da asco. Pero la TV da asco al cuadrado. Apenas puedo rescatar 3 o 4 series. De hecho me costaría llegar a esa cifra.
Sinceramente, prefiero ver diez películas a una temporada completa de cualquier serie. Seguramente me tragaré mierda, pero también tendré la suerte de dar con algún filme reseñable o rescatable y, lo que es mejor, habré visto terminar diez historias. Con una serie lo único que uno consigue es seguir la anodina y lamentable vida de una serie de personajes más falsos que un puto billete de 30€. Es tan sumamente asquerosa la representación que se hace de la sociedad, tan descaradamente chachi-piruli la realidad que se muestra en esos supuestos productos de categoría narrativa sin igual, que lo único que puedo hacer es quitar la TV para no vomitar sobre el suelo de mi casa.
En fin. Realmente no he hecho más que soltar un poco de bilis. No he dado muchos argumentos. No he puesto ejemplos concretos (podría haberlo hecho, pero no me ha apetecido hacer leña de series muy valoradas por la gente). Digamos que si alguien leyera esto me daría de leches por los cuatro costados. Pero como dudo que nadie lo lea jamás, eso que llevo de ventaja. Y por otro lado, probablemente no esté tan solo como pienso ante este fenómeno. Sin más. No es algo que me quite el sueño. Y si la gente disfruta con estas series, oye, simplemente felicitarles. Qué suerte la suya. Sigan viendo sus series, no teman, que ustedes son los normales. Yo, simplemente, soy el tío raro que hacer, lo que se dice hacer, no hace demasiado en ninguno de los sentidos posibles que la palabra puede adoptar, al margen de escribir estas insustanciales entradas de este invisible blog.
Dicho esto, creo que el panorama televisivo actual es bastante mediocre (así, como quien no quiere la cosa). Estoy harto de oír a la gran mayoría del mundo decirme lo entretenida que es tal serie, lo estupendísima que es tal otra, lo asombrosa que es aquella de allí... Y la única verdad que he podido constatar es que no soporto las series. Me escuecen sobre manera por la gran cantidad de tópicos y estereotipos baratos que manejan. Si ya de por sí me resulta complicado el hecho de dedicarle 45 minutos de mi vida a un capítulo de una serie (sobre todo cuando pienso que por el doble de tiempo podría ver una película, buena o mala, pero que por lo menos posee un principio y un final, aparte de contar y cerrar una historia), cuando encima lo que veo durante esos tres cuartos de hora me enerva, el resultado más normal es que deteste este tipo de (sub)productos.
No soporto cómo en todas las series los personajes son tan cool y tan guays. Todos son inteligentísimos, guapísimos o los putos amos, con vidas apasionantes y con trabajos divertidos y estimulantes. Me repugna presenciar semejante montaña de tópicos en las series. La mayoría de tramas y relaciones que se establecen entre los personajes son tan sumamente artificiosas y repetitivas que provocan náuseas en mi persona con demasiada facilidad. Constantes tira y afloja que se van desarrollando a lo largo de las interminables temporadas de 20 o más episodios. Un tedio mayúsculo que, por lo que veo, cuenta con legiones de fans por doquier. Fans que no sólo disfrutan estas historias superficiales y vacuas, sino que lo pasan aún mejor comentándolas con los amigos y los conocidos.
Siento que algo se me escapa, pero no soy capaz de identificarlo. Lo único que sé es que la realidad no es así. Esas series no reflejan nada más allá de una falsaria sociedad repugnante y deprimentemente utópica que provoca un supremo rechazo en mí. Siento odio por los personajes (repelentes, pijos, subnormales o chulos en el mejor de los casos), por las relaciones que se establecen entre ellos, por esa apariencia de trascendentalidad que lo impregna todo y que lo único que oculta es la mayor de las superficialidades posibles. ¿Dónde están los perdedores? ¿Los fracasados? Sí, suele haber alguno de vez en cuando entre esta y aquella serie: un personaje secundario suele ser, graciosillo además... Vergüenza es lo que siento ante el panorama televisivo actual. Harto estoy de oír a la gente decir que la TV ha superado al cine en cuanto a la calidad de sus productos. Cada vez que lo oigo, más allá de intentar discutirlo racionalmente, reacciono con una eficaz indiferencia: "yo no veo series", suelo decir. Y adiós muy buenas al tema. El cine actual da asco. Pero la TV da asco al cuadrado. Apenas puedo rescatar 3 o 4 series. De hecho me costaría llegar a esa cifra.
Sinceramente, prefiero ver diez películas a una temporada completa de cualquier serie. Seguramente me tragaré mierda, pero también tendré la suerte de dar con algún filme reseñable o rescatable y, lo que es mejor, habré visto terminar diez historias. Con una serie lo único que uno consigue es seguir la anodina y lamentable vida de una serie de personajes más falsos que un puto billete de 30€. Es tan sumamente asquerosa la representación que se hace de la sociedad, tan descaradamente chachi-piruli la realidad que se muestra en esos supuestos productos de categoría narrativa sin igual, que lo único que puedo hacer es quitar la TV para no vomitar sobre el suelo de mi casa.
En fin. Realmente no he hecho más que soltar un poco de bilis. No he dado muchos argumentos. No he puesto ejemplos concretos (podría haberlo hecho, pero no me ha apetecido hacer leña de series muy valoradas por la gente). Digamos que si alguien leyera esto me daría de leches por los cuatro costados. Pero como dudo que nadie lo lea jamás, eso que llevo de ventaja. Y por otro lado, probablemente no esté tan solo como pienso ante este fenómeno. Sin más. No es algo que me quite el sueño. Y si la gente disfruta con estas series, oye, simplemente felicitarles. Qué suerte la suya. Sigan viendo sus series, no teman, que ustedes son los normales. Yo, simplemente, soy el tío raro que hacer, lo que se dice hacer, no hace demasiado en ninguno de los sentidos posibles que la palabra puede adoptar, al margen de escribir estas insustanciales entradas de este invisible blog.
sábado, 19 de febrero de 2011
"The King of Limbs" (2011), de Radiohead
Lejos de pretender convertir este blog en un site de crítica musical, lo cierto es que me siento con ganas de escribir unas breves líneas a propósito del nuevo lanzamiento de la banda británica Radiohead. Lanzamiento que, sin previo aviso y pillando a todo el mundo por sorpresa, se anunció este mismo lunes 14 de febrero. Los medios musicales de todo el globo pronto se hicieron eco del acontecimiento y la noticia acaparó no pocas páginas en medios de información tanto especializados como generalistas. Son Radiohead. Son una de las agrupaciones musicales más aclamadas de las últimas décadas. Son, en palabras de este humilde cronista, uno de los pocos grupos (tal vez el único, junto a Pink Floyd) que merecen la fama que tienen.
Pablo Honey y The Bends mostraron los primeros indicios de algo que se ocultaba bajo ese maremágnum de rock y distorsiones salvajes. Había ciertas fisuras que permitían adivinar algo más allá de ese aparente rock comercial y adictivo. OK Computer abrió en 1997 la caja de Pandora. Uno de los discos más influyentes de la música contemporánea: una nueva concepción del rock, una huída de lo normalizado, un paso definitivo hacia la experimentación. Supuso el inicio de un viaje sin retorno.
El binomio conformado por Amnesiac y Kid A definió prácticamente por sí sólo una realidad. Un camino cada vez más profundo de experimentación e irrealidad hacia la búsqueda de los límites mismos del sonido. La evanescencia del rock y el auge de la electrónica hacia un destino difuso y borroso. Canciones entre el límite de la realidad y la fantasía que mostraron la verdadera cara de Radiohead, el complejo universo sonoro que atormenta sus mentes.
Hail to the Thief le siguió, e In Rainbows completó el trayecto. Y ayer se lanzó por fin el (in)esperado The King of Limbs:
Resulta curioso comprobar cómo empecé analizando los primeros temas de manera un tanto analítica para ir sumergiéndome poco a poco en meras sensaciones y emociones. 37 minutos les han servido a Radiohead para definir lo indefinible en un álbum devastador. Y alguien se estará preguntando qué me ha parecido el disco. Bien, creo que sería más fácil decir qué no me ha parecido.
Sólo diré que el mundo se detuvo unos instantes. Y fueron unos instantes tan efímeros, tan intangibles, que nunca sabré en realidad si el mundo se paró o si, por el contrario, éste nunca dejó de girar, sino que fui yo mismo el que, durante un tiempo indeterminado, me detuve para siempre... Nada es efímero; nada es eterno. Es, simplemente, todo lo contrario. Radiohead ahora, por fin, lo sabe.
Pablo Honey y The Bends mostraron los primeros indicios de algo que se ocultaba bajo ese maremágnum de rock y distorsiones salvajes. Había ciertas fisuras que permitían adivinar algo más allá de ese aparente rock comercial y adictivo. OK Computer abrió en 1997 la caja de Pandora. Uno de los discos más influyentes de la música contemporánea: una nueva concepción del rock, una huída de lo normalizado, un paso definitivo hacia la experimentación. Supuso el inicio de un viaje sin retorno.
El binomio conformado por Amnesiac y Kid A definió prácticamente por sí sólo una realidad. Un camino cada vez más profundo de experimentación e irrealidad hacia la búsqueda de los límites mismos del sonido. La evanescencia del rock y el auge de la electrónica hacia un destino difuso y borroso. Canciones entre el límite de la realidad y la fantasía que mostraron la verdadera cara de Radiohead, el complejo universo sonoro que atormenta sus mentes.
Hail to the Thief le siguió, e In Rainbows completó el trayecto. Y ayer se lanzó por fin el (in)esperado The King of Limbs:
- Bloom abre el disco. Brutal corte post-IDM, post-trip-hop, con toques dubstep y métrica propia del math rock más duro. Portishead resuena en nuestras mentes con su inolvidable Third. Radiohead homenajea el impresionante Silence con que los de Bristol abrieron su disco en 2008. Four Tet se percibe en el ambiente, Bonobo asiente, Massive Attack escucha atentamente. El mundo musical actual aprueba el despliegue multirreferencial de Yorke, Greenwood y compañía. Una catarata de tormento con una demoledora línea de percusión sobre la que unos inquietantes y anodinos versos de voz se dispersan en un vacío existencial infinito, en la incertidumbre de la nada. Atmósferas minimalistas terminan por adornar la compleja crudeza de la pista. Open your mouth wide, universal sighs, and while the ocean blooms, it’s what keeps me alive, so why does it still hurts? Don’t blow your mind with why. De lo mejor del disco.
- Morning Mr Magpie arroja algo de luz sobre el espesor insondable que Bloom ha dejado. La línea de percusión repetitiva y exasperante se repite nuevamente. La aspereza de los sintetizadores se ve contrarrestada por la animada intervención vocal de Thom Yorke. Un interludio divide el tema en dos partes. Una fisura que, lejos de introducir algo de luz, supone una potenciación de la dispersión escabrosa del tema cuando éste vuelve a arrancar. La introducción de sonidos difusos introduce un halo de desoladora irrealidad sonora bajo una melodía anodinamente enfermiza y adictiva. El fango se apodera de nuestros cuerpos al ritmo que el bajo destructor de mentes cumple con su cometido. You know you should, but you don't se repite ininterrumpidamente. Duele en el alma.
- Little by Little tiene una difícil tarea por delante. El animado riff de guitarra crea una atmósfera placentera alejada de la inseguridad y dispersión de los temas anteriores. Los versos cantados en falsetto por Yorke introducen una cierta dinámica de recuperación anímica. Un breve descanso que consigue liberar en cierto modo nuestras contaminadas mentes para un nuevo envite. The last one out of the box, the one that broke the seal, obligation, complication, routines and schedules, drug and kill you, kill you. Aunque hablar de recuperación con una letra tan desoladora puede resultar ciertamente tramposo. Sin embargo, no lo es. Seguimos cayendo. Pero el fondo aún no se divisa.
- Feral recupera el imperante espíritu desasosegante. Batería y sintetizadores se combinan para perturbarnos hasta límites insostenibles. Ecos de voces propias de Burial se dibujan en el complejo entramado sonoro. Unas líneas de guitarras parecen sonar. ¿Lo hacen de verdad? El desconcierto es lo único de lo que tenemos alguna evidencia. La combinación variable de todos los elementos crea una masa sonora empalagosa e incorpórea que consigue penetrar sin demasiado esfuerzo hacia lugares mentales y emocionales difícil de escrutar. El minuto final de la canción se manifiesta como el momento cumbre del disco. Tocamos fondo. Tocamos el cielo al mismo tiempo. OBRA MAESTRA. Incluso diría más: ¡JODIDA OBRA MAESTRA!
- Lotus Flower comienza lentamente para dar tiempo a superar lo que acabamos de oír. Lentamente la batería y los sintetizadores empiezan a hacer de los suyas. Secas series se repiten hasta que la voz de Yorke vuelve a introducirse en el caos ambiental. I will sink and I will disappear, I will slip into the groove and cut me up and cut me up... Inconformismo, decepción, pero una cierta solidez estructural y sonora dan consistencia y empaque al tema; se atisba una cierta seguridad, hay un suelo, débil y resquebrajado, pero existe un cierto sustento: The darkness is beneath, I can't kick the habit, just to feed my fast ballooning head, listen to your heart.
- Codex introduce por fin una línea de piano clara. Tranquilidad y calma en medio de la descorporeización total. El sentimiento de melancolía aflora al ritmo que los versos de Thom Yorke abren nuestras entrañas para introducir una picota de deseperación en nuestro interior. Los sonidos distorsionados juegan en nuestra contra. La catarsis del alma se abre paso a través de simples y límpidos sonidos: The water’s clear, and innocent, the water’s clear, and innocent... ¿Dónde está la realidad? Hace tiempo que la perdimos de vista. Quince segundos de silencio. Pájaros. Muerte. Resurreción.
- Give up the ghost. Más pájaros. Voces etéreas. El inescrutable sonido del bajo se apoya en unos acordes de guitarra minimalistas con una combinación vocal agradable. Calma por fin. Tranquilidad. Don’t haunt me, don’t hurt me, gather up the lost and sold, in your arms, in your arms...
- Separator comienza con una poderosa y repetitiva línea de batería. Las voces distorsionadas introducen una cierta sensación onírica. Un sueño etéreo. Incorporeidad infinita. Demolidos y destrozados, en una espiral sin certezas, efímera e intemporal, nos deslizamos abocados hacia la nada más absoluta...
Then you’re wrong
If you think this is over
Then you’re wrong
If you think this is over
Then you’re wrong
(wake me up, wake me up)
If you think this is over
Then you’re wrong
(wake me up, wake me up)
Like i’m falling out of bed
From a long, weary dream
The sweetest flowers and fruits hang from trees
When I ask you again
When I ask you again
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Resulta curioso comprobar cómo empecé analizando los primeros temas de manera un tanto analítica para ir sumergiéndome poco a poco en meras sensaciones y emociones. 37 minutos les han servido a Radiohead para definir lo indefinible en un álbum devastador. Y alguien se estará preguntando qué me ha parecido el disco. Bien, creo que sería más fácil decir qué no me ha parecido.
Sólo diré que el mundo se detuvo unos instantes. Y fueron unos instantes tan efímeros, tan intangibles, que nunca sabré en realidad si el mundo se paró o si, por el contrario, éste nunca dejó de girar, sino que fui yo mismo el que, durante un tiempo indeterminado, me detuve para siempre... Nada es efímero; nada es eterno. Es, simplemente, todo lo contrario. Radiohead ahora, por fin, lo sabe.
jueves, 3 de febrero de 2011
Godspeed You! Black Emperor (sala la Riviera, 30.01.2011): la belleza del apocalipsis
Hoy es 2 de febrero de 2011. Han pasado ya tres días desde que el pasado 30 de enero el legendario grupo canadiense de post-rock Godspeed You! Black Emperor (GY!BE) tocara en directo en la capital española. Setenta y dos horas que, sin embargo, no han conseguido despojarme de esa extraña y bella sensación de placidez que desde entonces me ha acompañado. Percibo un antes y un después desde este concierto. GY!BE no hacen música: ofrecen una experiencia existencial única.
Si todavía no lo has hecho, da al Play en el siguiente enlace de Youtube para escucharles mientras terminas de leer esta entrada. Te aseguro que no te arrepentiras:
Muchas son las bandas de post-rock que existen; muchas de ellas son capaces de ponerme la carne de gallina (God is an Astronaut, Explosions in the Sky, 65daysofstatic, Russian Circles, Mono, Red Sparrowes, Monkey3, Hammock, Caspian, Yndi Halda, Sigur Rós, Pelican, Múm, Alcest...); pero sólo una se llama GY!BE y ofrece lo que ellos pueden ofrecer.
Son los padres del post-rock, aquéllos que con su música lograron dar empaque a un movimiento que estaba surgiendo por todo el mundo y que consiguieron sintetizar y compactar en esa obra maestra absolutamente intemporal del caos y la destrucción llamada F♯ A♯ ∞ (1997). Así empezaba la primera canción de su ya legendario disco debut:
Hoy, hace apenas tres días, pude verles en directo en la céntrica sala madrileña la Riviera. Aún no lo he superado. ¡Esto no es música, joder! Y en directo menos aún. Es pura visceralidad, ráfagas discontinuas de caos y éxtasis. Muerte y resurrección. Grandiosidad y minimalismo ocultos bajo ingentes capas de sentimientos contradictorios y apocalípticos. En cierto modo, estar presenciándoles en directo, con turbadoras imágenes de bandadas de pájaros en un blanco y negro destaturado e inquietante, y con las notas etéreas y vacías de transición entre canción y canción, sólo me generaba pensamientos destructivos y caóticos. Lo único que esperaba era que el techo del recinto se cayera sobre nuestras cabezas de un momento a otro para dar de una vez un significado explícito a todo lo que estaba experimentando... No sucedió.
Sus grandes hits iban mostrando su verdadero rostro. Alejados de la asepsia que supone una grabación en un CD, las notas de las múltiples guitarras, del bajo, del violín y de los distintos instrumentos de percusión se mezclaban suciamente generando una amalgama de sonidos devastadores y preciosos a partes iguales. No tenía suficiente. No lo tuve hasta que no me puse exactamente debajo de uno de los altavoces principales de la sala. Todo ganó entonces en intensidad.
Mientras mis entrañas se agitaban al insolente ritmo de Moya, percibía una constante sensación de irrealidad rodeándome. Una paranoica impresión que alcanzó cotas de locura con el clímax final de BBF3. Fue entonces, en ese bello momento de entrega total, cuando comenzó el festival de ruido. El caos por fin se desató definitivamente con un muro de sonidos indescifrables y apabullantes que, durante más de cinco minutos incesantes e interminables, atormentó nuestras mentes mientras los miembros de la banda (y algunos fans que ya no podían soportar más suplicio por el ruido) se iban retirando del escenario. El necesario final.
No hubo bises. No era de recibo: ya habíamos sido despedazados. Sólo quedaba soltar la pasta en el puesto de merchandising. Después de siete años de inactividad por parte de la banda no pensaba irme de allí con las manos vacías. Lo que no podía imaginarme es que me iba a encontrar a los propios integrantes del grupo vendiendo las camisetas. En un inglés lamentable, y afectado además por la sensación de vacío existencial y éxtasis que me embelesaba, pude encadenar tres o cuatro palabras y pedir mi ansiado recuerdo. Después, cuando me estaba yendo ya de la sala, me di la vuelta. Y volví a hablar con uno de ellos. Pude chapurrear unas cuantas palabras que sin duda carecerían de todo significado para él. Respondió sonriéndome y dándome efusivamente la mano. Me fue suficiente para salir de la Riviera maravillado.
Llevo desde entonces escuchando ininterrumpidamente sus cuatro discos, uno detrás de otro. Catorce canciones que atesoran una forma radical de entender el mundo. Una filosofía de vida imposible de abandonar una vez que uno consigue penetrar. El cielo y el infierno al mismo tiempo, comprimidos en unas melodías tan turbadores como geniales; tan imposiblemente largas como injustamente cortas. Tan avasalladoramente profundas como innegablemente trascendentales. ¿Por qué son tan grandes?
Durante las próximas semanas dedicaré una breve reseña a cada uno de sus discos. Creo que es lo menos que puedo hacer por esta banda. Godspeed You! Black Emperor se hacen llamar.
Si todavía no lo has hecho, da al Play en el siguiente enlace de Youtube para escucharles mientras terminas de leer esta entrada. Te aseguro que no te arrepentiras:
Muchas son las bandas de post-rock que existen; muchas de ellas son capaces de ponerme la carne de gallina (God is an Astronaut, Explosions in the Sky, 65daysofstatic, Russian Circles, Mono, Red Sparrowes, Monkey3, Hammock, Caspian, Yndi Halda, Sigur Rós, Pelican, Múm, Alcest...); pero sólo una se llama GY!BE y ofrece lo que ellos pueden ofrecer.
Son los padres del post-rock, aquéllos que con su música lograron dar empaque a un movimiento que estaba surgiendo por todo el mundo y que consiguieron sintetizar y compactar en esa obra maestra absolutamente intemporal del caos y la destrucción llamada F♯ A♯ ∞ (1997). Así empezaba la primera canción de su ya legendario disco debut:
The car's on fire and there's no driver at the wheelToda una declaración de intenciones que consiguió, junto a las cuatro publicaciones que lanzaron en los seis años que se mantuvieron en activo como grupo, marcar una línea maestra en el horizonte del rock experimental. Una discografía tan coherente y cargada de poder y magnetismo que lo único que consiguió fue generar un núcleo de fans cada vez más numeroso y que, desde su hiato como grupo entre los años 2003 y 2010, no hizo sino aumentar.
And the sewers are all muddied with a thousand lonely suicides
And a dark wind blows
The government is corrupt
And we're on so many drugs
With the radio on and the curtains drawn
We're trapped in the belly of this horrible machine
And the machine is bleeding to death
The sun has fallen down
And the billboards are all leering
And the flags are all dead at the top of their poles
Hoy, hace apenas tres días, pude verles en directo en la céntrica sala madrileña la Riviera. Aún no lo he superado. ¡Esto no es música, joder! Y en directo menos aún. Es pura visceralidad, ráfagas discontinuas de caos y éxtasis. Muerte y resurrección. Grandiosidad y minimalismo ocultos bajo ingentes capas de sentimientos contradictorios y apocalípticos. En cierto modo, estar presenciándoles en directo, con turbadoras imágenes de bandadas de pájaros en un blanco y negro destaturado e inquietante, y con las notas etéreas y vacías de transición entre canción y canción, sólo me generaba pensamientos destructivos y caóticos. Lo único que esperaba era que el techo del recinto se cayera sobre nuestras cabezas de un momento a otro para dar de una vez un significado explícito a todo lo que estaba experimentando... No sucedió.
Sus grandes hits iban mostrando su verdadero rostro. Alejados de la asepsia que supone una grabación en un CD, las notas de las múltiples guitarras, del bajo, del violín y de los distintos instrumentos de percusión se mezclaban suciamente generando una amalgama de sonidos devastadores y preciosos a partes iguales. No tenía suficiente. No lo tuve hasta que no me puse exactamente debajo de uno de los altavoces principales de la sala. Todo ganó entonces en intensidad.
Mientras mis entrañas se agitaban al insolente ritmo de Moya, percibía una constante sensación de irrealidad rodeándome. Una paranoica impresión que alcanzó cotas de locura con el clímax final de BBF3. Fue entonces, en ese bello momento de entrega total, cuando comenzó el festival de ruido. El caos por fin se desató definitivamente con un muro de sonidos indescifrables y apabullantes que, durante más de cinco minutos incesantes e interminables, atormentó nuestras mentes mientras los miembros de la banda (y algunos fans que ya no podían soportar más suplicio por el ruido) se iban retirando del escenario. El necesario final.
No hubo bises. No era de recibo: ya habíamos sido despedazados. Sólo quedaba soltar la pasta en el puesto de merchandising. Después de siete años de inactividad por parte de la banda no pensaba irme de allí con las manos vacías. Lo que no podía imaginarme es que me iba a encontrar a los propios integrantes del grupo vendiendo las camisetas. En un inglés lamentable, y afectado además por la sensación de vacío existencial y éxtasis que me embelesaba, pude encadenar tres o cuatro palabras y pedir mi ansiado recuerdo. Después, cuando me estaba yendo ya de la sala, me di la vuelta. Y volví a hablar con uno de ellos. Pude chapurrear unas cuantas palabras que sin duda carecerían de todo significado para él. Respondió sonriéndome y dándome efusivamente la mano. Me fue suficiente para salir de la Riviera maravillado.
Llevo desde entonces escuchando ininterrumpidamente sus cuatro discos, uno detrás de otro. Catorce canciones que atesoran una forma radical de entender el mundo. Una filosofía de vida imposible de abandonar una vez que uno consigue penetrar. El cielo y el infierno al mismo tiempo, comprimidos en unas melodías tan turbadores como geniales; tan imposiblemente largas como injustamente cortas. Tan avasalladoramente profundas como innegablemente trascendentales. ¿Por qué son tan grandes?
Durante las próximas semanas dedicaré una breve reseña a cada uno de sus discos. Creo que es lo menos que puedo hacer por esta banda. Godspeed You! Black Emperor se hacen llamar.
miércoles, 26 de enero de 2011
Comencemos por lo básico...
Durante estos últimos días, he tenido la ocasión de leer una cadena de mensajes que lleva un tiempo circulando entre las distintas redes sociales que tengo por costumbre visitar. Dice así:
En una sociedad como la actual, donde la tasa de alfabetización (definida como las personas mayores de quince años que son capaces de leer y escribir) en nuestro país es de nada menos que del 97,9% (no nos envalentonemos, que hay al menos 55 países por delante de nosotros en esta clasificación), que alguien me explique qué está pasando, por favor.
No hablo ya del lenguaje a través de teléfonos móviles y de chats por internet, donde el ahorro lingüístico se produce por temas puramente de celeridad comunicativa o, directamente, con el único fin de no rebasar el límite de 160 caracteres estipulado por las compañías telefónicas (que en realidad es un límite coyuntural a la propia estructura interna del servicio, donde poco o nada tienen que decir las operadores). Pero, ¿por qué el personal se dedica a escribir "hay" cuando quiere decir "ahí", o por lo menos "ahi". Son igualmente tres palabras, por lo que la hipótesis del ahorro de tiempo al escribirlo se derrumba.
Aunque seguramente aparecerá algún listillo diciéndome que la letra "h" y la "i" están contenidas en la misma letra del teléfono, lo que conducirá a una mayor pérdida de tiempo en su escritura hasta que podamos volver a utilizar la misma tecla, o nos llevará unos instantes más mientras damos a la tecla del espacio rápidamente para evitar esa engorrosa espera. Pero ya puestos, ¿qué es lo que obliga a la gente a respetar la letra "h"? No seamos hipócritas. Si vamos a escribir mal la palabra, hagámoslo mal de veras, pero logrando un ahorro real: poned "ai" para referiros tanto a "hay" como a "ahí", y listo.
Pero la cuestión verdaderamente de fondo, pienso, es que la gente ni sabe escribir. Y ya está. Y no sabe escribir no porque no hayan estudiado ortografía en la escuela, que seguro que lo han hecho, sino porque, simple y llanamente, al personal le importa una mierda cómo se escribe en realidad. Lo único que parece importarles es comunicarse de tal modo que los demás puedan entenderles, ya sea de manera clara o con ciertos titubeos. Y si se logra con un vocabulario tan limitado como el que muchos muestran, pues muy bien, aquí paz y después gloria.
Sinceramente, no sé muy bien qué pensar. Está claro que todos cometemos errores ortográficos cada día, infinitud de ellos me atrevería a decir. Somos humanos y como tales, falibles. Aquí no estoy tratando de abogar por la suprema excelencia escrita ni por la infalibilidad ortográfica. Eso nos pasa a todos. A los que ataco (y tampoco con especial dureza, sinceramente) es a todos aquellos que, conociendo el idioma y habiéndolo empleado durante toda su vida, se dedican a escribir como les sale de los huevos. De verdad, las normas de escritura son tan sumamente básicas y elementales que lo menos que uno puede hacer, máxime cuando ha pasado por la escuela y ha recibido una educación más o menos digna, es intentar respetarlas.
La ofensa es aún mayor cuando hablamos de universitarios que siguen cometiendo este tipo de faltas sistemáticamente. Estos casos, no sé si realmente excepcionales o comunes, consiguen llevar la farsa un paso más allá y rozan, literalmente, lo abominable... A veces me sorprendo de la decadencia de la sociedad actual, de la falta de moral y valores que acorrala nuestra maltrecha civilización. No sirve de mucho darle vueltas al asunto. Tenemos lo que nos merecemos. Si ni siquiera los propios españoles sabemos escribir bien en nuestro propio idioma, ¿a qué podemos aspirar? No sé qué será lo que el futuro nos deparará, pero viendo el percal de la situación, sinceramente, pocas cosas me sorprenderían.
Intentemos escribir un poco mejor. Cuesta poco y la vista lo agradece. Tampoco hay que pretender que todos seamos Cervantes, Valle-Inclán o Bécquer, pero creo que respetando las normas ortográficas estaríamos más cerca de ellos que ahora, y seguro que eso les agradaría. Hacedlo aunque sea por el bueno de Bécquer...
Terminaré remitiendo de nuevo a los lectores a la cadena de mensajes que dio pie a esta entrada. Respetar estas fáciles normas es un buen comienzo. De hecho, es más que eso: se trata de un inmejorable comienzo:
"Hay" es de haber; "ahí", de lugar; "ay", de exclamación y "ahy" ¡¡No existe!! "Haya" es de haber; "halla", de encontrar cosas, "allá" es de lugar y "haiga" ¡¡tampoco existe!! "Haber" es un verbo. No digas "haber si nos vemos". Si quieres quedar con alguien es: "a ver si nos vemos". "Botar" es saltar, y "votar", tu derecho. Esta cadena sí merece la pena (¡y mucho! Porque madre mía...).Sinceramente: poco que añadir. No sé lo que pensaréis vosotros, pero en lo que a mí respecta, de un tiempo a esta parte estoy comprobando cómo lentamente me estoy transformando en un ser completamente enfermizo en lo que a las faltas de ortografía se refiere. Me escama profundamente esa altanería que demuestra el personal a la hora de escribir. Estamos de acuerdo en que, a fin de cuentas, si lo que escribimos son solamente recordatorios o meros apuntes para nosotros mismos, con contener la información básica y ser reconocibles y descifrables por nosotros mismos, podríamos decir que es suficiente. Podría estar de acuerdo; de verdad que podría llegar a aceptarlo, pero desafortunadamente el actual despropósito ortográfico no se queda ahí.
En una sociedad como la actual, donde la tasa de alfabetización (definida como las personas mayores de quince años que son capaces de leer y escribir) en nuestro país es de nada menos que del 97,9% (no nos envalentonemos, que hay al menos 55 países por delante de nosotros en esta clasificación), que alguien me explique qué está pasando, por favor.
No hablo ya del lenguaje a través de teléfonos móviles y de chats por internet, donde el ahorro lingüístico se produce por temas puramente de celeridad comunicativa o, directamente, con el único fin de no rebasar el límite de 160 caracteres estipulado por las compañías telefónicas (que en realidad es un límite coyuntural a la propia estructura interna del servicio, donde poco o nada tienen que decir las operadores). Pero, ¿por qué el personal se dedica a escribir "hay" cuando quiere decir "ahí", o por lo menos "ahi". Son igualmente tres palabras, por lo que la hipótesis del ahorro de tiempo al escribirlo se derrumba.
Aunque seguramente aparecerá algún listillo diciéndome que la letra "h" y la "i" están contenidas en la misma letra del teléfono, lo que conducirá a una mayor pérdida de tiempo en su escritura hasta que podamos volver a utilizar la misma tecla, o nos llevará unos instantes más mientras damos a la tecla del espacio rápidamente para evitar esa engorrosa espera. Pero ya puestos, ¿qué es lo que obliga a la gente a respetar la letra "h"? No seamos hipócritas. Si vamos a escribir mal la palabra, hagámoslo mal de veras, pero logrando un ahorro real: poned "ai" para referiros tanto a "hay" como a "ahí", y listo.
Pero la cuestión verdaderamente de fondo, pienso, es que la gente ni sabe escribir. Y ya está. Y no sabe escribir no porque no hayan estudiado ortografía en la escuela, que seguro que lo han hecho, sino porque, simple y llanamente, al personal le importa una mierda cómo se escribe en realidad. Lo único que parece importarles es comunicarse de tal modo que los demás puedan entenderles, ya sea de manera clara o con ciertos titubeos. Y si se logra con un vocabulario tan limitado como el que muchos muestran, pues muy bien, aquí paz y después gloria.
Sinceramente, no sé muy bien qué pensar. Está claro que todos cometemos errores ortográficos cada día, infinitud de ellos me atrevería a decir. Somos humanos y como tales, falibles. Aquí no estoy tratando de abogar por la suprema excelencia escrita ni por la infalibilidad ortográfica. Eso nos pasa a todos. A los que ataco (y tampoco con especial dureza, sinceramente) es a todos aquellos que, conociendo el idioma y habiéndolo empleado durante toda su vida, se dedican a escribir como les sale de los huevos. De verdad, las normas de escritura son tan sumamente básicas y elementales que lo menos que uno puede hacer, máxime cuando ha pasado por la escuela y ha recibido una educación más o menos digna, es intentar respetarlas.
La ofensa es aún mayor cuando hablamos de universitarios que siguen cometiendo este tipo de faltas sistemáticamente. Estos casos, no sé si realmente excepcionales o comunes, consiguen llevar la farsa un paso más allá y rozan, literalmente, lo abominable... A veces me sorprendo de la decadencia de la sociedad actual, de la falta de moral y valores que acorrala nuestra maltrecha civilización. No sirve de mucho darle vueltas al asunto. Tenemos lo que nos merecemos. Si ni siquiera los propios españoles sabemos escribir bien en nuestro propio idioma, ¿a qué podemos aspirar? No sé qué será lo que el futuro nos deparará, pero viendo el percal de la situación, sinceramente, pocas cosas me sorprenderían.
Intentemos escribir un poco mejor. Cuesta poco y la vista lo agradece. Tampoco hay que pretender que todos seamos Cervantes, Valle-Inclán o Bécquer, pero creo que respetando las normas ortográficas estaríamos más cerca de ellos que ahora, y seguro que eso les agradaría. Hacedlo aunque sea por el bueno de Bécquer...
Terminaré remitiendo de nuevo a los lectores a la cadena de mensajes que dio pie a esta entrada. Respetar estas fáciles normas es un buen comienzo. De hecho, es más que eso: se trata de un inmejorable comienzo:
"Hay" es de haber; "ahí", de lugar; "ay", de exclamación y "ahy" ¡¡No existe!! "Haya" es de haber; "halla", de encontrar cosas, "allá" es de lugar y "haiga" ¡¡tampoco existe!! "Haber" es un verbo. No digas "haber si nos vemos". Si quieres quedar con alguien es: "a ver si nos vemos". "Botar" es saltar, y "votar", tu derecho.
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