viernes, 17 de junio de 2011

El oscuro futuro de la especie humana

Como ya es costumbre, llevo de nuevo dos meses sin publicar entrada alguna. No es que tenga muchas cosas que contar. Bueno, miento: lo cierto es que sí. Realmente podría estar días escribiendo sobre alguno de los múltiples temas que me apasionan y quitan el sueño a partes iguales, pero siento que serían de tan nulo interés para el resto de los mortales, tan sumamente generadores de indiferencia, que prefiero ahorrarle ese sufrimiento a la ya de por sí sufrida sociedad de nuestros días. Simplemente aprovecharé la ocasión para comentar un par de cuestiones que desde hace tiempo me dan que pensar.

No soy demasiado optimista de cara a nuestro futuro como especie (afortunadamente, es evidente que esparcidas por el universo, seguro que incluso en nuestro propia galaxia, hay y habrá -y hubo- otras muchas especies inteligentes con más suerte que nosotros -y, qué duda cabe, muchas otras con menos fortuna-). Siento cómo en pleno año 2011 estamos empezando a coger lentamente el sendero que irreversiblemente nos conducirá al abismo final. Según parece, el número actual de personas sobre la faz de la Tierra es de aproximadamente 6.900 millones. Esta cifra aumenta cada año en torno a 77 millones (cifra que se obtiene restando las defunciones a los nacimientos). El cálculo de los nacimientos por día resulta escalofriante (ante el cual, poco menos que el de los fallecimientos queda en un mero juego de manos...). Simplemente, diré que es una cifra aterradora.

Igualmente, me resulta inquietante el absoluto y total retraso que la carrera espacial (investigación espacial, podríamos decir hoy en día) lleva. Lejos quedan los felices años sesenta y setenta, donde parecía que el futuro de la humanidad iba a estar en las estrellas. En verdad, allí es donde se encuentra nuestro único futuro si queremos seguir manteniendo el imposible ritmo de crecimiento exponencial que llevamos. Hace tiempo leí una interesante comparativa que venía a decir que si todo el mundo llevara el ritmo de vida de un país como EE.UU., harían falta cuatro planetas Tierra para poder asumirlo. La comparativa tiene ya unos años.

El futuro está en salir de nuestro planeta. No en abandonarlo, sino en la expansión interplanetaria. La Luna y Marte son los únicos destinos posbiles a corto-medio plazo (y no es que sean demasiado grandes... Pero son un paso previo y necesario para poder aspirar a cotas mayores). No estaría de más, creo, invertir más en investigaciones aeroespaciales. Sorprendentemente, cuentan con una asombrosa mala prensa entre la sociedad en general. No puedo entenderlo. Enseguida, en cuanto se habla de las mareantes cifras dedicadas al desarrollo de la tecnología espacial, surge el típico listo demagogo que hay en todos los sitios inquiriendo con su a todas luces falta de perspectiva sobre la inutilidad de ese dinero, abogando por emplearlo en erradicar el hambre en el mundo. Soy muy crítico al respecto. Incluso ante un argumento tan aparentemente lógico como éste, no puedo menos que mostrar mi total desaprobación. Pero resulta tan simple decirlo; se le llena a la gente la boca con tan elevados conceptos demasiado fácilmente... Voy a recordar algo que dije: si todos los seres humanos del planeta vivieran como los americanos, harían falta cuatro Tierras. Erradicar el hambre en el mundo, manteniendo intacta la población actual, sería insostenible. Hace falta un cambio de modelo estructural global. El dinero invertido en el desarrollo científico y en la tecnología derivada del mismo es posiblemente la mejor inversión de cuantas se puedan realizar. Necesitamos conocer la realidad.

Necesitamos saber si vivimos en un mundo con 10 dimensiones; tenemos la imperiosa necesidad de conocer qué cojones es la materia oscura; ¿por qué la parte visible del universo se reduce a sólo al 5% de la totalidad?; ¿qué mierdas es esa energía oscura (72%) y esa materia oscura (23%) que lo impregna todo? Cada vez sabemos menos de cuanto nos rodea. Es como si con la revolución científica hubiésemos iniciado un camino imparable hacia el desconocimiento que el conocimiento provoca. Cuanto más sabemos, más ignoramos. Tan frustante es la realidad... Alguien dijo que la ignorancia da la felicidad. Creo que es una aseveración con la que cada vez estoy más de acuerdo y, sin embargo, cual inepto masoca que soy, prefiero saber, prefiero intentar conocer.

Es necesario un control de la natalidad mundial. No podemos seguir creciendo como especie hasta el infinito porque el espacio del que disponemos es mortalmente finito. Estamos atrapados en la Tierra. Hemos de empezar a aceptarlo. Parece que cuesta demasiado tener una perspectiva más o menos global de la realidad, pero es fundamental de cara a afrontar una serie de problemas que más pronto que tarde se nos van a echar encima.

No se me malinterprete, por favor. No quiero banalizar un tema tan grave como es la muerte de muchas personas. Pero sirva como muestra del problema al que nos enfrentamos este dato: en el año 2004, el fatídico tsunami que arrasó Indonesia dejó, según datos de la ONU, 229.866 pérdidas humanas. Una catástrofe prácticamente sin precedentes en la historia moderna. Cada día, repito, CADA DÍA, se suman en torno a 210.000 personas (en esta cifra ya se han restado los fallecimientos a los nacimientos diarios) a la población mundial. Estamos ante un grave problema de control poblacional que ha de corregirse de algún modo.

El desarrollo científico no puede coartarse de modo alguno. Es una de las pocas cosas sensatas y verdaderamente relevantes que nuestra especie ha conseguido. Me parecen interesantes todas las argumentaciones que se hagan al respecto, de hecho, desearía que la gente hablará más de este tema, aunque fuera para refutar todo lo que acabo de decir, pero por favor: ¿por qué no se habla de nada de esto? No estoy hablando de algo que vaya a suceder dentro de miles de años, ni siquiera es el futuro próximo: es la realidad más real que puede existir. Y no es para nada halagüeña.

En fin: son sólo algunas de las reflexiones (seguramente sin fundamento y altamente alarmistas) que de vez en cuando me dan vueltas por la cabeza. A ver si el próximo día elaboro alguna entrada algo más amable que ésta. Me he quedado con ganas de hablar sobre vida extraterrestre y de comentar las múltiples teorías científicas que postulan la obviedad de la existencia de ésta. Ojalá nos fuera más fácil hacernos a la idea de la absolutamente colosal inmensidad del universo. Nuestros débiles intelectos aún no son capaces de hacerse, siquiera remotamente, una vaga idea de la grandeza del cosmos. Que, ojo, para nada es infinito. De hecho, se ha comentado en alguna ocasión (no sé con qué grado de certeza) que existen en torno a 10 elevado a 80 partículas elementales (protones, neutrones y electrones) en todo el cosmos. Parece poco, ¿no? Escribe la cifra en una hoja de papel, si te atreves...

viernes, 22 de abril de 2011

¿Series de TV? No, gracias...

Llevo más tiempo del deseable sin escribir nada por aquí. Y no por nada en particular: no estoy ni más ocupado, ni más agobiado que antes. Ni tampoco menos; pero así son las cosas... Aunque lo cierto es que no tengo gran cosa que contar. Podría divagar sobre cualquier asunto (que será lo que haga), pero no por el placer de desentrañar o contar algo que realmente merezca la pena, sino por el simple ejercicio de encadenar unas cuantas frases con más o menos sentido y entretenerme durante unos veinte minutos.

Dicho esto, creo que el panorama televisivo actual es bastante mediocre (así, como quien no quiere la cosa). Estoy harto de oír a la gran mayoría del mundo decirme lo entretenida que es tal serie, lo estupendísima que es tal otra, lo asombrosa que es aquella de allí... Y la única verdad que he podido constatar es que no soporto las series. Me escuecen sobre manera por la gran cantidad de tópicos y estereotipos baratos que manejan. Si ya de por sí me resulta complicado el hecho de dedicarle 45 minutos de mi vida a un capítulo de una serie (sobre todo cuando pienso que por el doble de tiempo podría ver una película, buena o mala, pero que por lo menos posee un principio y un final, aparte de contar y cerrar una historia), cuando encima lo que veo durante esos tres cuartos de hora me enerva, el resultado más normal es que deteste este tipo de (sub)productos.

No soporto cómo en todas las series los personajes son tan cool y tan guays. Todos son inteligentísimos, guapísimos o los putos amos, con vidas apasionantes y con trabajos divertidos y estimulantes. Me repugna presenciar semejante montaña de tópicos en las series. La mayoría de tramas y relaciones que se establecen entre los personajes son tan sumamente artificiosas y repetitivas que provocan náuseas en mi persona con demasiada facilidad. Constantes tira y afloja que se van desarrollando a lo largo de las interminables temporadas de 20 o más episodios. Un tedio mayúsculo que, por lo que veo, cuenta con legiones de fans por doquier. Fans que no sólo disfrutan estas historias superficiales y vacuas, sino que lo pasan aún mejor comentándolas con los amigos y los conocidos.

Siento que algo se me escapa, pero no soy capaz de identificarlo. Lo único que sé es que la realidad no es así. Esas series no reflejan nada más allá de una falsaria sociedad repugnante y deprimentemente utópica que provoca un supremo rechazo en mí. Siento odio por los personajes (repelentes, pijos, subnormales o chulos en el mejor de los casos), por las relaciones que se establecen entre ellos, por esa apariencia de trascendentalidad que lo impregna todo y que lo único que oculta es la mayor de las superficialidades posibles. ¿Dónde están los perdedores? ¿Los fracasados? Sí, suele haber alguno de vez en cuando entre esta y aquella serie: un personaje secundario suele ser, graciosillo además... Vergüenza es lo que siento ante el panorama televisivo actual. Harto estoy de oír a la gente decir que la TV ha superado al cine en cuanto a la calidad de sus productos. Cada vez que lo oigo, más allá de intentar discutirlo racionalmente, reacciono con una eficaz indiferencia: "yo no veo series", suelo decir. Y adiós muy buenas al tema. El cine actual da asco. Pero la TV da asco al cuadrado. Apenas puedo rescatar 3 o 4 series. De hecho me costaría llegar a esa cifra.

Sinceramente, prefiero ver diez películas a una temporada completa de cualquier serie. Seguramente me tragaré mierda, pero también tendré la suerte de dar con algún filme reseñable o rescatable y, lo que es mejor, habré visto terminar diez historias. Con una serie lo único que uno consigue es seguir la anodina y lamentable vida de una serie de personajes más falsos que un puto billete de 30€. Es tan sumamente asquerosa la representación que se hace de la sociedad, tan descaradamente chachi-piruli la realidad que se muestra en esos supuestos productos de categoría narrativa sin igual, que lo único que puedo hacer es quitar la TV para no vomitar sobre el suelo de mi casa.

En fin. Realmente no he hecho más que soltar un poco de bilis. No he dado muchos argumentos. No he puesto ejemplos concretos (podría haberlo hecho, pero no me ha apetecido hacer leña de series muy valoradas por la gente). Digamos que si alguien leyera esto me daría de leches por los cuatro costados. Pero como dudo que nadie lo lea jamás, eso que llevo de ventaja. Y por otro lado, probablemente no esté tan solo como pienso ante este fenómeno. Sin más. No es algo que me quite el sueño. Y si la gente disfruta con estas series, oye, simplemente felicitarles. Qué suerte la suya. Sigan viendo sus series, no teman, que ustedes son los normales. Yo, simplemente, soy el tío raro que hacer, lo que se dice hacer, no hace demasiado en ninguno de los sentidos posibles que la palabra puede adoptar, al margen de escribir estas insustanciales entradas de este invisible blog.

sábado, 19 de febrero de 2011

"The King of Limbs" (2011), de Radiohead

Lejos de pretender convertir este blog en un site de crítica musical, lo cierto es que me siento con ganas de escribir unas breves líneas a propósito del nuevo lanzamiento de la banda británica Radiohead. Lanzamiento que, sin previo aviso y pillando a todo el mundo por sorpresa, se anunció este mismo lunes 14 de febrero. Los medios musicales de todo el globo pronto se hicieron eco del acontecimiento y la noticia acaparó no pocas páginas en  medios de información tanto especializados como generalistas. Son Radiohead. Son una de las agrupaciones musicales más aclamadas de las últimas décadas. Son, en palabras de este humilde cronista, uno de los pocos grupos (tal vez el único, junto a Pink Floyd) que merecen la fama que tienen.

Pablo Honey y The Bends mostraron los primeros indicios de algo que se ocultaba bajo ese maremágnum de rock y distorsiones salvajes. Había ciertas fisuras que permitían adivinar algo más allá de ese aparente rock comercial y adictivo. OK Computer abrió en 1997 la caja de Pandora. Uno de los discos más influyentes de la música contemporánea: una nueva concepción del rock, una huída de lo normalizado, un paso definitivo hacia la experimentación. Supuso el inicio de un viaje sin retorno.

El binomio conformado por Amnesiac y Kid A definió prácticamente por sí sólo una realidad. Un camino cada vez más profundo de experimentación e irrealidad hacia la búsqueda de los límites mismos del sonido. La evanescencia del rock y el auge de la electrónica hacia un destino difuso y borroso. Canciones entre el límite de la realidad y la fantasía que mostraron la verdadera cara de Radiohead, el complejo universo sonoro que atormenta sus mentes.


Hail to the Thief le siguió, e In Rainbows completó el trayecto. Y ayer se lanzó por fin el (in)esperado The King of Limbs:
  1. Bloom abre el disco. Brutal corte post-IDM, post-trip-hop, con toques dubstep y métrica propia del math rock más duro. Portishead resuena en nuestras mentes con su inolvidable Third. Radiohead homenajea el impresionante Silence con que los de Bristol abrieron su disco en 2008. Four Tet se percibe en el ambiente, Bonobo asiente, Massive Attack escucha atentamente. El mundo musical actual aprueba el despliegue multirreferencial de Yorke, Greenwood y compañía. Una catarata de tormento con una demoledora línea de percusión sobre la que unos inquietantes y anodinos versos de voz se dispersan en un vacío existencial infinito, en la incertidumbre de la nada. Atmósferas minimalistas terminan por adornar la compleja crudeza de la pista. Open your mouth wide, universal sighs, and while the ocean blooms, it’s what keeps me alive, so why does it still hurts? Don’t blow your mind with why. De lo mejor del disco.
  2. Morning Mr Magpie arroja algo de luz sobre el espesor insondable que Bloom ha dejado. La línea de percusión repetitiva y exasperante se repite nuevamente. La aspereza de los sintetizadores se ve contrarrestada por la animada intervención vocal de Thom Yorke. Un interludio divide el tema en dos partes. Una fisura que, lejos de introducir algo de luz, supone una potenciación de la dispersión escabrosa del tema cuando éste vuelve a arrancar. La introducción de sonidos difusos introduce un halo de desoladora irrealidad sonora bajo una melodía anodinamente enfermiza y adictiva. El fango se apodera de nuestros cuerpos al ritmo que el bajo destructor de mentes cumple con su cometido. You know you should, but you don't se repite ininterrumpidamente. Duele en el alma.
  3. Little by Little tiene una difícil tarea por delante. El animado riff de guitarra crea una atmósfera placentera alejada de la inseguridad y dispersión de los temas anteriores. Los versos cantados en falsetto por Yorke introducen una cierta dinámica de recuperación anímica. Un breve descanso que consigue liberar en cierto modo nuestras contaminadas mentes para un nuevo envite. The last one out of the box, the one that broke the seal, obligation, complication, routines and schedules, drug and kill you, kill you. Aunque hablar de recuperación con una letra tan desoladora puede resultar ciertamente tramposo. Sin embargo, no lo es. Seguimos cayendo. Pero el fondo aún no se divisa.
  4. Feral recupera el imperante espíritu desasosegante. Batería y sintetizadores se combinan para perturbarnos hasta límites insostenibles. Ecos de voces propias de Burial se dibujan en el complejo entramado sonoro. Unas líneas de guitarras parecen sonar. ¿Lo hacen de verdad? El desconcierto es lo único de lo que tenemos alguna evidencia. La combinación variable de todos los elementos crea una masa sonora empalagosa e incorpórea que consigue penetrar sin demasiado esfuerzo hacia lugares mentales y emocionales difícil de escrutar. El minuto final de la canción se manifiesta como el momento cumbre del disco. Tocamos fondo. Tocamos el cielo al mismo tiempo. OBRA MAESTRA. Incluso diría más: ¡JODIDA OBRA MAESTRA!
  5. Lotus Flower comienza lentamente para dar tiempo a superar lo que acabamos de oír. Lentamente la batería y los sintetizadores empiezan a hacer de los suyas. Secas series se repiten hasta que la voz de Yorke vuelve a introducirse en el caos ambiental. I will sink and I will disappear, I will slip into the groove and cut me up and cut me up... Inconformismo, decepción, pero una cierta solidez estructural y sonora dan consistencia y empaque al tema; se atisba una cierta seguridad, hay un suelo, débil y resquebrajado, pero existe un cierto sustento: The darkness is beneath, I can't kick the habit, just to feed my fast ballooning head, listen to your heart.
  6. Codex introduce por fin una línea de piano clara. Tranquilidad y calma en medio de la descorporeización total. El sentimiento de melancolía aflora al ritmo que los versos de Thom Yorke abren nuestras entrañas para introducir una picota de deseperación en nuestro interior. Los sonidos distorsionados juegan en nuestra contra. La catarsis del alma se abre paso a través de simples y límpidos sonidos: The water’s clear, and innocent, the water’s clear, and innocent... ¿Dónde está la realidad? Hace tiempo que la perdimos de vista. Quince segundos de silencio. Pájaros. Muerte. Resurreción.
  7. Give up the ghost. Más pájaros. Voces etéreas. El inescrutable sonido del bajo se apoya en unos acordes de guitarra minimalistas con una combinación vocal agradable. Calma por fin. Tranquilidad. Don’t haunt me, don’t hurt me, gather up the lost and sold, in your arms, in your arms...
  8. Separator comienza con una poderosa y repetitiva línea de batería. Las voces distorsionadas introducen una cierta sensación onírica. Un sueño etéreo. Incorporeidad infinita. Demolidos y destrozados, en una espiral sin certezas, efímera e intemporal, nos deslizamos abocados hacia la nada más absoluta...
Then you’re wrong
If you think this is over
Then you’re wrong
If you think this is over
Then you’re wrong
(wake me up, wake me up)
If you think this is over
Then you’re wrong
(wake me up, wake me up)
Like i’m falling out of bed
From a long, weary dream
The sweetest flowers and fruits hang from trees
When I ask you again
When I ask you again
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up
Wake me up

Resulta curioso comprobar cómo empecé analizando los primeros temas de manera un tanto analítica para ir sumergiéndome poco a poco en meras sensaciones y emociones. 37 minutos les han servido a Radiohead para definir lo indefinible en un álbum devastador. Y alguien se estará preguntando qué me ha parecido el disco. Bien, creo que sería más fácil decir qué no me ha parecido.

Sólo diré que el mundo se detuvo unos instantes. Y fueron unos instantes tan efímeros, tan intangibles, que nunca sabré en realidad si el mundo se paró o si, por el contrario, éste nunca dejó de girar, sino que fui yo mismo el que, durante un tiempo indeterminado, me detuve para siempre... Nada es efímero; nada es eterno. Es, simplemente, todo lo contrario. Radiohead ahora, por fin, lo sabe.

jueves, 3 de febrero de 2011

Godspeed You! Black Emperor (sala la Riviera, 30.01.2011): la belleza del apocalipsis

Hoy es 2 de febrero de 2011. Han pasado ya tres días desde que el pasado 30 de enero el legendario grupo canadiense de post-rock Godspeed You! Black Emperor (GY!BE) tocara en directo en la capital española. Setenta y dos horas que, sin embargo, no han conseguido despojarme de esa extraña y bella sensación de placidez que desde entonces me ha acompañado. Percibo un antes y un después desde este concierto. GY!BE no hacen música: ofrecen una experiencia existencial única.

Si todavía no lo has hecho, da al Play en el siguiente enlace de Youtube para escucharles mientras terminas de leer esta entrada. Te aseguro que no te arrepentiras:


Muchas son las bandas de post-rock que existen; muchas de ellas son capaces de ponerme la carne de gallina (God is an Astronaut, Explosions in the Sky, 65daysofstatic, Russian Circles, Mono, Red Sparrowes, Monkey3, Hammock, Caspian, Yndi Halda, Sigur Rós, Pelican, Múm, Alcest...); pero sólo una se llama GY!BE y ofrece lo que ellos pueden ofrecer.

Son los padres del post-rock, aquéllos que con su música lograron dar empaque a un movimiento que estaba surgiendo por todo el mundo y que consiguieron sintetizar y compactar en esa obra maestra absolutamente intemporal del caos y la destrucción llamada F♯ A♯ ∞ (1997). Así empezaba la primera canción de su ya legendario disco debut:
The car's on fire and there's no driver at the wheel
And the sewers are all muddied with a thousand lonely suicides
And a dark wind blows
The government is corrupt
And we're on so many drugs
With the radio on and the curtains drawn

We're trapped in the belly of this horrible machine
And the machine is bleeding to death

The sun has fallen down
And the billboards are all leering
And the flags are all dead at the top of their poles
Toda una declaración de intenciones que consiguió, junto a las cuatro publicaciones que lanzaron en los seis años que se mantuvieron en activo como grupo, marcar una línea maestra en el horizonte del rock experimental. Una discografía tan coherente y cargada de poder y magnetismo que lo único que consiguió fue generar un núcleo de fans cada vez más numeroso y que, desde su hiato como grupo entre los años 2003 y 2010, no hizo sino aumentar.

Hoy, hace apenas tres días, pude verles en directo en la céntrica sala madrileña la Riviera. Aún no lo he superado. ¡Esto no es música, joder! Y en directo menos aún. Es pura visceralidad, ráfagas discontinuas de caos y éxtasis. Muerte y resurrección. Grandiosidad y minimalismo ocultos bajo ingentes capas de sentimientos contradictorios y apocalípticos. En cierto modo, estar presenciándoles en directo, con turbadoras imágenes de bandadas de pájaros en un blanco y negro destaturado e inquietante, y con las notas etéreas y vacías de transición entre canción y canción, sólo me generaba pensamientos destructivos y caóticos. Lo único que esperaba era que el techo del recinto se cayera sobre nuestras cabezas de un momento a otro para dar de una vez un significado explícito a todo lo que estaba experimentando... No sucedió.


Sus grandes hits iban mostrando su verdadero rostro. Alejados de la asepsia que supone una grabación en un CD, las notas de las múltiples guitarras, del bajo, del violín y de los distintos instrumentos de percusión se mezclaban suciamente generando una amalgama de sonidos devastadores y preciosos a partes iguales. No tenía suficiente. No lo tuve hasta que no me puse exactamente debajo de uno de los altavoces principales de la sala. Todo ganó entonces en intensidad.

Mientras mis entrañas se agitaban al insolente ritmo de Moya, percibía una constante sensación de irrealidad rodeándome. Una paranoica impresión que alcanzó cotas de locura con el clímax final de BBF3. Fue entonces, en ese bello momento de entrega total, cuando comenzó el festival de ruido. El caos por fin se desató definitivamente con un muro de sonidos indescifrables y apabullantes que, durante más de cinco minutos incesantes e interminables, atormentó nuestras mentes mientras los miembros de la banda (y algunos fans que ya no podían soportar más suplicio por el ruido) se iban retirando del escenario. El necesario final.

No hubo bises. No era de recibo: ya habíamos sido despedazados. Sólo quedaba soltar la pasta en el puesto de merchandising. Después de siete años de inactividad por parte de la banda no pensaba irme de allí con las manos vacías. Lo que no podía imaginarme es que me iba a encontrar a los propios integrantes del grupo vendiendo las camisetas. En un inglés lamentable, y afectado además por la sensación de vacío existencial y éxtasis que me embelesaba, pude encadenar tres o cuatro palabras y pedir mi ansiado recuerdo. Después, cuando me estaba yendo ya de la sala, me di la vuelta. Y volví a hablar con uno de ellos. Pude chapurrear unas cuantas palabras que sin duda carecerían de todo significado para él. Respondió sonriéndome y dándome efusivamente la mano. Me fue suficiente para salir de la Riviera maravillado.


Llevo desde entonces escuchando ininterrumpidamente sus cuatro discos, uno detrás de otro. Catorce canciones que atesoran una forma radical de entender el mundo. Una filosofía de vida imposible de abandonar una vez que uno consigue penetrar. El cielo y el infierno al mismo tiempo, comprimidos en unas melodías tan turbadores como geniales; tan imposiblemente largas como injustamente cortas. Tan avasalladoramente profundas como innegablemente trascendentales. ¿Por qué son tan grandes?

Durante las próximas semanas dedicaré una breve reseña a cada uno de sus discos. Creo que es lo menos que puedo hacer por esta banda. Godspeed You! Black Emperor se hacen llamar.

miércoles, 26 de enero de 2011

Comencemos por lo básico...

Durante estos últimos días, he tenido la ocasión de leer una cadena de mensajes que lleva un tiempo circulando entre las distintas redes sociales que tengo por costumbre visitar. Dice así:
"Hay" es de haber; "ahí", de lugar; "ay", de exclamación y "ahy" ¡¡No existe!! "Haya" es de haber; "halla", de encontrar cosas, "allá" es de lugar y "haiga" ¡¡tampoco existe!! "Haber" es un verbo. No digas "haber si nos vemos". Si quieres quedar con alguien es: "a ver si nos vemos". "Botar" es saltar, y "votar", tu derecho. Esta cadena sí merece la pena (¡y mucho! Porque madre mía...).
Sinceramente: poco que añadir. No sé lo que pensaréis vosotros, pero en lo que a mí respecta, de un tiempo a esta parte estoy comprobando cómo lentamente me estoy transformando en un ser completamente enfermizo en lo que a las faltas de ortografía se refiere. Me escama profundamente esa altanería que demuestra el personal a la hora de escribir. Estamos de acuerdo en que, a fin de cuentas, si lo que escribimos son solamente recordatorios o meros apuntes para nosotros mismos, con contener la información básica y ser reconocibles y descifrables por nosotros mismos, podríamos decir que es suficiente. Podría estar de acuerdo; de verdad que podría llegar a aceptarlo, pero desafortunadamente el actual despropósito ortográfico no se queda ahí.

En una sociedad como la actual, donde la tasa de alfabetización (definida como las personas mayores de quince años que son capaces de leer y escribir) en nuestro país es de nada menos que del 97,9% (no nos envalentonemos, que hay al menos 55 países por delante de nosotros en esta clasificación), que alguien me explique qué está pasando, por favor.

No hablo ya del lenguaje a través de teléfonos móviles y de chats por internet, donde el ahorro lingüístico se produce por temas puramente de celeridad comunicativa o, directamente, con el único fin de no rebasar el límite de 160 caracteres estipulado por las compañías telefónicas (que en realidad es un límite coyuntural a la propia estructura interna del servicio, donde poco o nada tienen que decir las operadores). Pero, ¿por qué el personal se dedica a escribir "hay" cuando quiere decir "ahí", o por lo menos "ahi". Son igualmente tres palabras, por lo que la hipótesis del ahorro de tiempo al escribirlo se derrumba.

Aunque seguramente aparecerá algún listillo diciéndome que la letra "h" y la "i" están contenidas en la misma letra del teléfono, lo que conducirá a una mayor pérdida de tiempo en su escritura hasta que podamos volver a utilizar la misma tecla, o nos llevará unos instantes más mientras damos a la tecla del espacio rápidamente para evitar esa engorrosa espera. Pero ya puestos, ¿qué es lo que obliga a la gente a respetar la letra "h"? No seamos hipócritas. Si vamos a escribir mal la palabra, hagámoslo mal de veras, pero logrando un ahorro real: poned "ai" para referiros tanto a "hay" como a "ahí", y listo.

Pero la cuestión verdaderamente de fondo, pienso, es que la gente ni sabe escribir. Y ya está. Y no sabe escribir no porque no hayan estudiado ortografía en la escuela, que seguro que lo han hecho, sino porque, simple y llanamente, al personal le importa una mierda cómo se escribe en realidad. Lo único que parece importarles es comunicarse de tal modo que los demás puedan entenderles, ya sea de manera clara o con ciertos titubeos. Y si se logra con un vocabulario tan limitado como el que muchos muestran, pues muy bien, aquí paz y después gloria.

Sinceramente, no sé muy bien qué pensar. Está claro que todos cometemos errores ortográficos cada día, infinitud de ellos me atrevería a decir. Somos humanos y como tales, falibles. Aquí no estoy tratando de abogar por la suprema excelencia escrita ni por la infalibilidad ortográfica. Eso nos pasa a todos. A los que ataco (y tampoco con especial dureza, sinceramente) es a todos aquellos que, conociendo el idioma y habiéndolo empleado durante toda su vida, se dedican a escribir como les sale de los huevos. De verdad, las normas de escritura son tan sumamente básicas y elementales que lo menos que uno puede hacer, máxime cuando ha pasado por la escuela y ha recibido una educación más o menos digna, es intentar respetarlas.

La ofensa es aún mayor cuando hablamos de universitarios que siguen cometiendo este tipo de faltas sistemáticamente. Estos casos, no sé si realmente excepcionales o comunes, consiguen llevar la farsa un paso más allá y rozan, literalmente, lo abominable... A veces me sorprendo de la decadencia de la sociedad actual, de la falta de moral y valores que acorrala nuestra maltrecha civilización. No sirve de mucho darle vueltas al asunto. Tenemos lo que nos merecemos. Si ni siquiera los propios españoles sabemos escribir bien en nuestro propio idioma, ¿a qué podemos aspirar? No sé qué será lo que el futuro nos deparará, pero viendo el percal de la situación, sinceramente, pocas cosas me sorprenderían.

Intentemos escribir un poco mejor. Cuesta poco y la vista lo agradece. Tampoco hay que pretender que todos seamos Cervantes, Valle-Inclán o Bécquer, pero creo que respetando las normas ortográficas estaríamos más cerca de ellos que ahora, y seguro que eso les agradaría. Hacedlo aunque sea por el bueno de Bécquer...

Terminaré remitiendo de nuevo a los lectores a la cadena de mensajes que dio pie a esta entrada. Respetar estas fáciles normas es un buen comienzo. De hecho, es más que eso: se trata de un inmejorable comienzo:
"Hay" es de haber; "ahí", de lugar; "ay", de exclamación y "ahy" ¡¡No existe!! "Haya" es de haber; "halla", de encontrar cosas, "allá" es de lugar y "haiga" ¡¡tampoco existe!! "Haber" es un verbo. No digas "haber si nos vemos". Si quieres quedar con alguien es: "a ver si nos vemos". "Botar" es saltar, y "votar", tu derecho.

sábado, 22 de enero de 2011

Reflexiones varias (I): Pink Floyd y el método de dormir solamente dos horas al día logrando un descanso equivalente al de un sueño completo de ocho horas

Son las 00:17 horas de la madrugada mientas escribo esta frase. Debería de estar ya durmiendo; mañana tengo que levantarme como muy tarde a las 7:00. ¿Por qué estoy entonces aquí escribiendo como si nada? No lo sé. ¿Por qué demonios estoy ahora mismo actualizando el blog cuando han pasado ya más de dos meses desde la última vez que lo hice? De veras que lo desconozco.

El tema "Waiting for the Worms" de Pink Floyd está sonando ahora mismo en los altavoces de mi PC. Siento deseos de subir el volumen, pero no son horas. Me conformo con escucharlo en la intimidad y tranquilidad de mi cuarto. Adoro el álbum "The Wall". Probablemente se trate del disco que más veces he escuchado en mi vida. Un doble CD de algo más de hora y veinte minutos de duración compuesto por 26 cortes a cada cual más grandioso que el anterior: "Comfortably Numb", "Another Brick in the Wall, Part 2", "Young Lust", "Hey You", "Tre Trial", "Don´t Leave me Now", "Mother", "In the Flesh", "The Happiest Days of our Lives"... Una obra maestra absoluta de la música.

Son las 00:25 horas. Debería desconectar y largarme a dormir. Ayer leí un método científico que explicaba cómo era posible dormir sólo dos horas al día y sentirse como si se hubiera estado descansando las típicas ochos horas establecidas como idóneas.

Ya había oído hablar de esta técnica hace tiempo, pero el caso es que le perdí la pista y nunca me quedó muy claro cómo funcionaba. Ayer me enteré un poco mejor. Resulta que el asunto se basa en que, cuando Morfeo nos seduce y nos hace caer en su irremediable hechizo, los primeros veinte minutos de sueño son los más importantes para el descanso debido a la intensa actividad durante la fase REM de nuestro cerebro en ese periodo. Podría repasar el texto original para explicarlo mejor, pero no me apetece. Conformaos con lo que mi dispersa mente fue capaz de asimilar, máxime cuando os digo que lo leí en inglés...

El caso es que la mayor parte del descanso se consigue en esa primera fase de veinte minutos de sueño. Aplicando esta teoría (supongo que demostrable científicamente), se propone un método para explotarla al máximo y reducir el tiempo de sueño al mínimo posible, pero sin perjudicar al necesario descanso del organismo.

El "truco" está en distribuir de manera uniforme nada menos que seis siestas de veinte minutos a lo largo del día. Hay que ser especialmente escrupulosos y no dormir más allá del margen de tiempo estipulado. La verdad es que resulta interesante. Una pena que los horarios laborales y de la vida cotidiana no permitan a uno echarse seis siestas diarias, pero la verdad que en vacaciones quizás lo pruebe, sólo por curiosidad.

"The Wall" acaba de terminar. El reproductor de música ha saltado directamente al disco siguiente en la lista de reproducción. Se trata de "The Final Cut", también de Pink Floyd. Se dice oficiosamente que es el tercer disco que nunca fue publicado de "The Wall". Probablemente sea cierto, pues el estilo y la composición casan a la perfección. Resuena "Your Possible Pasts" en los altavoces. Gran tema. Grandísimo me atrevería a decir, sobre todo ahora que estoy oyendo el estribillo.

Son las 00:35. Debería acostarme, pero antes quiero terminar de comentar lo que he empezado. ¡Joder, que pedazo de solo de guitarra se está marcando David Gilmour en la canción! En fin...

Sobre la técnica ésta para dormir en pequeños tramos de tiempo se puede jugar un poco. Parece ser que si haces el sistema de las seis siestas, cubres todo el día; pero luego también cabe la posibilidad de echarse cuatro siestas de veinte minutos acompañadas por un periodo nuclear de descanso de dos horas y cuarenta minutos; y tres siestas más un núcleo de cuatro horas; y dos siestas más un descanso de cinco horas y veinte minutos; y, por último, una siestecilla y un periodo de sueño de seis horas y cuarenta minutos. Según parece, cada siesta de veinte minutos equivale a una hora y veinte minutos de periodo de sueño normal. Simplemente se trata de jugar con ello.

Son las 00:40. Mis altavoces emanan en estos momentos los sonidos pertenecientes a "The Hero's Return". Qué gran canción. ¿Por qué Pink Floyd son tan buenos? No lo sé. Simplemente les escucho. Creo que es el momento de que me calle; es el momento de que los versos compuestos por Roger Waters se introduzcan lentamente en mi cerebro e impregnen mis pensamientos. Algún día volveré a actualizar. Lo prometo.