Si todavía no lo has hecho, da al Play en el siguiente enlace de Youtube para escucharles mientras terminas de leer esta entrada. Te aseguro que no te arrepentiras:
Muchas son las bandas de post-rock que existen; muchas de ellas son capaces de ponerme la carne de gallina (God is an Astronaut, Explosions in the Sky, 65daysofstatic, Russian Circles, Mono, Red Sparrowes, Monkey3, Hammock, Caspian, Yndi Halda, Sigur Rós, Pelican, Múm, Alcest...); pero sólo una se llama GY!BE y ofrece lo que ellos pueden ofrecer.
Son los padres del post-rock, aquéllos que con su música lograron dar empaque a un movimiento que estaba surgiendo por todo el mundo y que consiguieron sintetizar y compactar en esa obra maestra absolutamente intemporal del caos y la destrucción llamada F♯ A♯ ∞ (1997). Así empezaba la primera canción de su ya legendario disco debut:
The car's on fire and there's no driver at the wheelToda una declaración de intenciones que consiguió, junto a las cuatro publicaciones que lanzaron en los seis años que se mantuvieron en activo como grupo, marcar una línea maestra en el horizonte del rock experimental. Una discografía tan coherente y cargada de poder y magnetismo que lo único que consiguió fue generar un núcleo de fans cada vez más numeroso y que, desde su hiato como grupo entre los años 2003 y 2010, no hizo sino aumentar.
And the sewers are all muddied with a thousand lonely suicides
And a dark wind blows
The government is corrupt
And we're on so many drugs
With the radio on and the curtains drawn
We're trapped in the belly of this horrible machine
And the machine is bleeding to death
The sun has fallen down
And the billboards are all leering
And the flags are all dead at the top of their poles
Hoy, hace apenas tres días, pude verles en directo en la céntrica sala madrileña la Riviera. Aún no lo he superado. ¡Esto no es música, joder! Y en directo menos aún. Es pura visceralidad, ráfagas discontinuas de caos y éxtasis. Muerte y resurrección. Grandiosidad y minimalismo ocultos bajo ingentes capas de sentimientos contradictorios y apocalípticos. En cierto modo, estar presenciándoles en directo, con turbadoras imágenes de bandadas de pájaros en un blanco y negro destaturado e inquietante, y con las notas etéreas y vacías de transición entre canción y canción, sólo me generaba pensamientos destructivos y caóticos. Lo único que esperaba era que el techo del recinto se cayera sobre nuestras cabezas de un momento a otro para dar de una vez un significado explícito a todo lo que estaba experimentando... No sucedió.
Sus grandes hits iban mostrando su verdadero rostro. Alejados de la asepsia que supone una grabación en un CD, las notas de las múltiples guitarras, del bajo, del violín y de los distintos instrumentos de percusión se mezclaban suciamente generando una amalgama de sonidos devastadores y preciosos a partes iguales. No tenía suficiente. No lo tuve hasta que no me puse exactamente debajo de uno de los altavoces principales de la sala. Todo ganó entonces en intensidad.
Mientras mis entrañas se agitaban al insolente ritmo de Moya, percibía una constante sensación de irrealidad rodeándome. Una paranoica impresión que alcanzó cotas de locura con el clímax final de BBF3. Fue entonces, en ese bello momento de entrega total, cuando comenzó el festival de ruido. El caos por fin se desató definitivamente con un muro de sonidos indescifrables y apabullantes que, durante más de cinco minutos incesantes e interminables, atormentó nuestras mentes mientras los miembros de la banda (y algunos fans que ya no podían soportar más suplicio por el ruido) se iban retirando del escenario. El necesario final.
No hubo bises. No era de recibo: ya habíamos sido despedazados. Sólo quedaba soltar la pasta en el puesto de merchandising. Después de siete años de inactividad por parte de la banda no pensaba irme de allí con las manos vacías. Lo que no podía imaginarme es que me iba a encontrar a los propios integrantes del grupo vendiendo las camisetas. En un inglés lamentable, y afectado además por la sensación de vacío existencial y éxtasis que me embelesaba, pude encadenar tres o cuatro palabras y pedir mi ansiado recuerdo. Después, cuando me estaba yendo ya de la sala, me di la vuelta. Y volví a hablar con uno de ellos. Pude chapurrear unas cuantas palabras que sin duda carecerían de todo significado para él. Respondió sonriéndome y dándome efusivamente la mano. Me fue suficiente para salir de la Riviera maravillado.
Llevo desde entonces escuchando ininterrumpidamente sus cuatro discos, uno detrás de otro. Catorce canciones que atesoran una forma radical de entender el mundo. Una filosofía de vida imposible de abandonar una vez que uno consigue penetrar. El cielo y el infierno al mismo tiempo, comprimidos en unas melodías tan turbadores como geniales; tan imposiblemente largas como injustamente cortas. Tan avasalladoramente profundas como innegablemente trascendentales. ¿Por qué son tan grandes?
Durante las próximas semanas dedicaré una breve reseña a cada uno de sus discos. Creo que es lo menos que puedo hacer por esta banda. Godspeed You! Black Emperor se hacen llamar.


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