miércoles, 20 de junio de 2012

De cómo una leve cojera me abrió (un poquito) los ojos


Hace apenas unas semanas, comencé a sentir unos incómodos dolores en la parte anterior de la rodilla izquierda. Podía caminar sin problemas, pero creí oportuno dejar de salir a correr, al menos hasta que se me pasara. Pasaron dos días, ya sin hacer ningún tipo de ejercicio "extra", pero el dolor se iba haciendo cada vez más intenso. Terminé yendo al fisio. Me dijo que tenía los gemelos muy sobrecargados y una leve inflamación de los isquiotibiales. Por supuesto, y como casi siempre, no fue nada espectacular. No sufrí ninguna caída terrible, ni ningún aparatoso accidente, ni nada realmente reseñable. Simplemente alcancé el límite de esfuerzo de estos músculos. Y estiraba mal. (Estirad bien, lectores. Es importante para liberar la tensión acumulada tras el ejercicio.)

La cuestión es que (sí, ya llego), como consecuencia directa del intenso dolor que sentía en una de las piernas, sufrí una visible cojera durante un par de días. No por nada, sino básicamente porque para evitar ver las estrellas cada vez que apoyaba mi pierna mala, decidía moverme con mucho cuidado, con movimientos artificiosos y, sobre todo, despacio. Muy despacio. Y reflexioné.

El primer pensamiento, no por evidente, deja de tener su miga: el ritmo de vida urbano es absolutamente antinatural. Las prisas son un fenómeno tan instaurado en nuestras vidas que pocas veces nos paramos a pensar sobre ellas. ¿Por qué tenemos tanta prisa? ¿Qué es aquello que nos hace ir de un lugar para otro a toda velocidad? Que nos estresa, nos pone de mala leche y nos conduce a sentirnos siempre con la sensación de "llegar tarde"... No puedo hablar de otra vida pues no la conozco, pero sí es cierto que la rutina en una gran ciudad está marcada, indefectiblemente, por las prisas. Y sufrirlas parece algo tan forzoso como el hecho de tener que respirar para sobrevivir o ver al Atleti perder contra el Madrid cada vez que se enfrentan. Es algo que lo llevamos tan incorporado en nuestros genes urbanitas, que no nos paramos a pensar sobre ello. De hecho, es difícil establecer su origen.

Pero lo cierto es que, ya sea cogiendo el transporte público (metro, autobús, tren...) o el coche particular, los trayectos nunca duran lo que planificamos. O sí. Pero tendemos a planificar nuestras vidas tan al límite, que lo normal es, con prisas, llegar justo o tarde. La pregunta de fondo es: ¿por qué vivimos tan al límite en este sentido? ¿Qué nos impide salir antes de casa, planificar mejor el día a día? Respuesta: la vida. Sí, es una respuesta/pregunta cíclica. El pez que se muerde la cola...

De lo que me percaté ante la imposición de tener que andar muy despacio es de que el mundo vive en un constante estado de crispación y a un ritmo incompatible con la propia vida. Cuando uno va con (excesiva) calma a través de los enormes túneles y pasillos del metro, de estación en estación, en interminables trasbordos, es capaz de ver a su alrededor un microcosmos tan irreal como turbador. Y uno puede llegar a sentirse totalmente fuera del sistema. Adelantado por ambos lados, cruzándose con todo tipo de personas con caras de preocupación, irritación o indiferencia. No fui capaz de encontrar a nadie, repito: NADIE, que se desplazara a un ritmo no ya lento, sino pausado y/o tranquilo. Resulta tan contagioso ver a todo el mundo correr, sentir que el tiempo vuela y que si no corres te quedarás atrás, que muchas veces nos sentimos incómodos simplemente por el hecho de no correr. Parece que estamos haciendo algo mal si no estamos corriendo. Tenemos las prisas tan interiorizadas que no somos capaces de ver más allá de ellas a menos que nos obliguen.

Soy el primero que va habitualmente a un ritmo ligero. Me pongo mi música, subo el volumen, y me olvido del mundo. Voy a toda leche de un metro a otro, por la calle, rozando por momentos el trote... Y todo, ¿para qué? Para llegar invariablemente tarde (o a tiempo, en el mejor de los casos). ¿De dónde proviene ese estado de nerviosismo general? Lo que sí puedo asegurar es que, yendo con prisas, con la hora al cuello, no se siente la necesidad de reflexionar. Sí, pienso, lógicamente: planifico tareas, intercambio mensajes con mis amigos, leo, etc. Pero no reflexiono sobre grandes cuestiones.  Y no digo ya reflexionar... No valoro lo que tengo. No pienso en la realidad que me rodea, en mis circunstancias en cuanto a ser humano con unas necesidades intelectuales y emocionales concretas. Es como si el estado de ir de un lado a otro corriendo, mantuviera la mente en un punto de automatización útil para esos intereses concretos, pero desprovisto de sentido más allá de esos objetivos. Estamos, por así decirlo, no viviendo. O viviendo solamente una parte del todo.

Las prisas reducen nuestra percepción de la realidad. A decir verdad, es una gran virtud cuando "realmente" se va con prisas. El problema es que hemos basado nuestras vidas en las prisas, y estamos gran parte de ellas yendo de un lado para otro con la hora pisándonos los talones. ¿Merece la pena? ¿Puede solucionarse? Que cada cual reflexione sobre ello y se conteste a sí mismo.  Tal y como se dice, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Pero, ¿y en el país de las  prisas?

El impacto que me causó esta comprobación fue importante. Me veía, por un lado, superado por la realidad, pero al mismo tiempo, por así decirlo, liberado de sus cadenas de control. Era una sensación distinta (no me atrevería a calificarla ni de buena ni de mala), y como tal, merecedora de toda mi atención. No abogo por que vayamos todos arrastrándonos por el suelo para contemplar el paisaje y cada palmo de terreno, pero me parece interesante reflexionar sobre el hecho en concreto de hacia qué nos conduce el frenetismo de la sociedad actual. Un frenetismo innecesario en la mayor parte de las ocasiones, pero que gracias a la fuerza de la repetición se ha transformado más en una costumbre que en otra cosa. Y no defiendo tampoco que uno piense sobre el futuro de la raza humana o sobre la utilidad de las religiones mientras va en el metro. O sí. Simplemente pretendo realzar una situación que, pese a tenerla diariamente en nuestras narices, tiende a pasarnos inevitablemente desapercibida. Propongo no ignorar la situación. Ejercer un mayor control sobre nosotros mismos. Dejar de ser esclavos de las prisas, porque solo de ese modo podremos intentar controlar en mayor grado nuestra vida, comenzando por nuestra mente. Suena a algo muy ambicioso, ¿no? Se trata simplemente de tomar verdadera consideración del mortecino estado de anestesia al que nos conduce entrar en un juego que ni nos va ni nos viene, pero que por norma repetimos y que, parece, disfrutamos en el fondo. Un círculo vicioso que no nos conduce a nada más que a vivir perennemente en un continuo viaje sin destino definido. Un carrera hacia ningún sitio que solamente nos aleja de un lugar. Solo uno, pero muy importante: nosotros mismos.

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