La hoja en blanco frente al escritor es como la muerte frente a la vida. Al menos, para algunos escritores. La dificultad que me produce escribir es comparable a muy pocas cosas. Y, sin embargo, persisto en el intento. Percibo una cierta atracción masoquista en ello. Quiero; deseo escribir. Escribir, a secas. ¿Sobre qué? No importa. Sobre cualquier cosa. Nada es lo suficientemente irrelevante como para no escribir sobre ello. Todo tiene su importancia y, lo que es mejor, cualquier asunto puede cristalizar en un gran texto si se hace de manera adecuada. ¿De manera adecuada? Me diréis. ¿Y qué demonios significa eso? Básicamente, viene a ser un termino con el que aglomerar los conceptos tales como los de originalidad, creatividad, oficio, honestidad y motivación. Y no es en otro lugar sino ahí donde radica la clave del asunto.
Anoche tuve la oportunidad de ver Barton Fink (1991), genial película dirigida por los hermanos Coen en la que John Turturro da vida a un prestigioso escritor de obras teatrales en Broadway que decide dar el salto al cine, comenzando a trabajar para una modesta productora de películas de serie B en el Hollywood de los años cuarenta. El escritor se verá desde ese momento, con traslado de ciudad incluido, atrapado en un ambiente hostil, opresivo y ajeno que le conducirá a un profundo bloqueo creativo y desencadenará en su persona un lento proceso de desmoronamiento y autodestrucción a través del cual se replanteará sus motivaciones y creencias en lo que a su oficio se refiere. Un argumento atractivo que, en virtud de una dirección sobresaliente y de unas interpretaciones absorbentes, se transforma en una obra de gran calado argumental y enorme poder visual.
Resulta especialmente llamativo en este sentido presenciar el lento proceso de pérdida creativa en que Barton Fink se ve envuelto desde su abandono de NYC y el mundo del teatro, hasta su establecimiento en Los Ángeles y su entrada en el universo del cine de serie B. El choque a nivel formal se verá potenciado por el contexto, lleno de presiones y falsedad, y por una serie de encuentros y experiencias con pintorescos personajes secundarios. Fink, acostumbrado a hacer de la escritura un proceso a través del cual poner el arte al servicio del gran público, centrándose siempre en la clase media trabajadora y en sus dramas y problemas cotidianos, verá cómo el mundo del cine le obliga a transitar otros caminos, más comerciales, superficiales y tópicos, que le producen un colapso mental severo. El hecho de conocer a otro compañero de profesión, admirado y respetado, no le lleva sino a un padecimiento aún mayor cuando descubre que no solo es un farsante que ni ha escrito algunos de sus más celebrados textos, sino que es un condenado borracho decidido a destruirse a sí mismo y a llevarse por delante a su piadosa mujer si así tiene que ser.
Sintiéndose fallado por el gremio de los escritores, el del cine no le dará más que nuevas desilusiones. Mientras el director del estudio le venera y le agasaja como a una estrella mediática esperando conseguir de él un guión convencional, pero valioso por estar escrito precisamente por un relevante autor teatral, su productor le ignora abiertamente y no hace sino someterle a una presión cada vez más fuerte, insistiéndole en que no tiene que hacer arte, sino simple y llanamente un entretenimiento moralista sencillo y superficial.
El colapso definitivo llegará cuando Fink se vea asaltado por unos detectives de Los Ángeles que andan tras la pista de un maníaco asesino que se dedica a decapitar a sus víctimas y que, para sorpresa del escritor, es un afable y aparentemente inofensivo vecino del hotel con el que había entablado amistad. El desmoronamiento total de los tres pilares sobre los que Fink se estaba sosteniendo, a duras penas, pero a flote al fin y al cabo, le conducirán a un salto al vacío y a lo más hondo de sus convicciones como escritor, hacia aquello en lo que verdaderamente cree. Y como él mismo dice, no se trata de una tarea fácil.
Es un proceso en el que uno debe sumergirse en su propia mente y, sin mapas ni mayor ayuda que uno mismo, sacar a flote aquello que a más profundidad se encuentra, dándole forma y presentándolo con claridad. Un proceso que nada tiene de bonito ni de inofensivo, sino que provoca dolor y crispación emocional y que, a menos que se haga dejándose uno la piel en el camino, carece de cualquier relevancia. La clave está, pues, en el desgaste. En el vaciamiento emocional. No se puede transmitir profundidad y autenticidad si uno no se radiografía a sí mismo y se abre camino a través de su ser para comprender la esencia de la naturaleza humana y del mundo en el que vivimos. Pero el precio es demasiado alto, y los resultados, muchas veces, fallidos. Sumergirse a determinadas profundidades provoca perder con facilidad la perspectiva. Así, muchas veces queriendo perseguir un noble fin, la exteriorización de determinados conceptos e ideas se corrompen por el camino y terminan por no significar más que la sombra de lo que en algún momento fueron o pudieron ser.
La eterna dicotomía del arte de la escritura se mueve tradicionalmente entre aquellos autores que han sabido adaptarse plenamente a este universo particular, pudiendo escribir y redactar textos con facilidad, coherencia y profusión, y el de aquellos que no solo no son capaces de encontrar la forma de acceder a ese lugar común del que extraer toda la verdad y conocimiento que quieren comunicar, sino que sufren un daño emocional en el proceso que les dificulta sobremanera la ineludible tarea de la redacción. Un gran problema. Pero el verdadero problema es, aun con todas las dificultades, querer escribir. ¿De dónde surge esa extraña necesidad?
¿Por qué escribir?
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