Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás.
René Descartes (1596-1650).
René Descartes [pronunciado /ʁəne de'kaʁt/ en francés] (La Haye en Touraine, actual Descartes, 31 de marzo de 1596 – Estocolmo, 11 de febrero de 1650) fue un filósofo, matemático y científico francés, considerado como el padre de la filosofía moderna.
La influencia de Descartes en las matemáticas es también evidente; el sistema de coordenadas cartesianas fue nombrado en honor a él. Se le atribuye como el padre de la geometría analítica, permitiendo que formas geométricas se expresaran a través de ecuaciones algebraicas. Descartes fue también una de las figuras clave en la revolución científica.
Wikipedia (sí, Wikipedia...).
Francamente, tengo esto total y absolutamente abandonado. No sería desde luego el primer blog que creó y que, tras una mera entrada de presentación, borro o abandono en la red hasta el fin de los días. Como todavía no tengo ganas de enterrar a mi pequeña criatura, vamos allá con esta segunda entrada; la primera con contenido propiamente dicho.
Como todo escritor malogrado que se precie, me gusta leer a los grandes, a los clásicos. Es una forma de deprimirme y frustarme aún más. Una cierta tendencia innata al masoquismo que supone para una mente imperfecta y limitada como la mía enfrentarse a prohombres y genios de las letras. Resulta ciertamente desalentador ver con qué virtuosismo y con qué categoría estas personas expresan sus opiniones y puntos de vista. Pero al mismo tiempo supone una lección: de humildad pero también a nivel formativo. Porque seamos claros: si uno quiere aprender a escribir bien, ha de visitar por obligación a los que escriben bien, y no sólo eso, ha de tomar buiena nota de cómo escriben.
No es fácil, pero nadie dijo que lo fuera. El dolor que supone sentirse tan sumamente inferior mientras uno lee elaboradas frases e incuestionables perlas de sabiduría se ve recompensado por el placer de la buena lectura. Una dicotomía constante que no hace sino alimentar la ya de por sí tendencia autodestructiva que se ceba sobre las entrañas y pensamientos de todo escritor malogrado que se precie.
Llegados a este punto el lector estará preguntándose, y con toda la razón del mundo,"¿pero este tío no iba a hablar de Descartes?" Paciencia, mis sufridos lectores. Paciencia. En ello estoy, no os impacientéis, de verdad que no merece la pena.
Descartes. ¿Y por qué Descartes? Pues ni yo mismo lo sé, ciertamente. El otro día visité la bilioteca municipal de mi barrio y me di una vuelta por la sección de filosofía. Muchos grandes autores se mostraron ante mí: demasiados. La sensación de mareo que sentí entonces me hizo tener que apartar la mirada de la estanteria por unos instantes. Demasiada sabiduría junta para poder ser contemplada al mismo tiempo.
Decidí quitarme las gafas para no ver los nombres de los autores. Así, simplemente percibía libros, unos más grandes que otros, cada uno de un color distinto y unas características diferentes, pero libros al fin y al cabo. Y entonces decidí coger uno al azar. El elegido era pequeñito y con el dorso rojo. Sí, esa era el libro que iba a leer. ¿El autor? No lo sabía, ¿pero acaso importaba? Cualquiera de esos individuos podría humillarme intelectualmente sin demasiado esfuerzo. Y con eso me bastaba.
Cuando tuve el libro en mis manos me puse las gafas: "Sobre los principios de la filosofía", escrito por Descartes y Leibniz. "Promete", pensé. Al abrir la primera página comprobé la fecha de devolución de la última persona que lo había sacado de la biblioteca: "22/09/2006". Sin comentarios. Es una mera cifra, pero explica tantas cosas por sí misma... Satisfecho, cogí un par de películas de la videoteca y me largué con mi preciada mercancía.
Nunca antes había leído a Descartes, lo cual también creo que dice bastante sobre mí. Por supuesto que sabía quién era y conocía perfectamente algunos de los grandes logros de este hombre a nivel matemático y filosófico. Pero no le había leído. Hasta ahora. Y he de reconocer que la impresión que me ha dejado ha sido muy satisfactoria.
No sé qué comentar ahora mismo: ¿forma o contenido? Indudablemente la magnitud del contenido que Descartes maneja en esta concisa obra es de tal magnitud y calado que apenas voy a poder dar unos meros esbozos de todo lo que este fenómeno logra transmitir en apenas 80 páginas. Pero considero que merece la pena reseñar algunas de sus observaciones. Aunque, dicho sea de paso, lo que más relevancia tendría atendiendo al objetivo de este blog no es otra cosa sino su prosa y su estilo de escritura. Paciencia, mis queridos lectores: hay tiempo para todo.
Y como esta entrada ya es lo suficientemente larga como para aburrir al más pintado, creo que voy a cortar aquí y ahora. Así pues, quedamos a la espera de comentar durante los próximos días el contenido de la obra de Descartes y su personalísimo estilo: preciso y certero como pocos. ¡Nos leemos, muchach@s! ¡Sed buenos!
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